domingo, 10 de junio de 2018

LAS MOMIAS DE LA IGLESIA DE SANTA CRUZ



        La lectura en El País del domingo 27 de mayo de un reportaje sobre las momias me ha traído a la memoria una colección de ellas que durante mucho tiempo ocuparon espacio en los papeles y murmullas de intriga en los corrillos callejeros, las de la iglesia de Santa Cruz, en Cuenca. El asunto viene ahora a cuento de un congreso mundial celebrado en Tenerife, en el que no solo han participado sesudos expertos en la materia, sino también una nutrida representación de cuerpos momificados, de los que hay cientos de ejemplos repartidos por todo el planeta.
       Una de las conclusiones de esta reunión de expertos es que las momias siguen fascinando pero ya no provocan tanto morbo, o sea, que son aceptadas con relativa normalidad, incluso por los niños, ya que una encuesta entre los 12.000 que visitaron la exposición dio un resultado muy revelador: la mayoría opinó que no dan susto y que son muy interesantes para estudiar.
       Las de Cuenca también tuvieron su momento de gloria, no solo cuando fueron descubiertas sino cuando muchos años más tarde en fueron “redescubiertas” y lanzada al morbo público. El hallazgo se le ofreció al albañil Aurelio Torralba cuando en 1930 estaba trabajando en el derribo de un edificio anejo a la iglesia, encontrando, tras una pared, una habitación completamente ocupada por huesos y los cadáveres momificados de cinco adultos y un niño. Una de las mujeres tenía entre sus manos una bula fechada en 1694 a favor de Quiteria López de Ayala, mientras que la otra tenía al niño en sus brazos; de los tres hombres adultos, uno vestía hábito religioso y otro tenía una venda enrollada en el muslo, ocultando un papel con los signos astrales de Libra y Capricornio. Las momias quedaron depositadas en casa de la familia Torralba y en 1970 fueron entregadas en depósito a Antonia Soria, santera de San Isidro, que desde ese momento las fue enseñando a cuantos quisieron verlas, especialmente periódicos y alguna TV sensacionalista que, como es natural, en seguida quiso buscar la intervención de la Inquisición, por más que estaba claro y diáfano que tan cruel institución no tuvo nada que ver en el caso. La Iglesia, por su parte, siempre se mostró favorable al enterramiento de los restos, argumentando que no había ningún motivo para mantenerlas en un recinto sagrado.
       Y así, sencillamente, las momias de la iglesia de Santa Cruz pasaron a la historia y al olvido.



sábado, 9 de junio de 2018

ANTONIO MORAL, EN CANDELERO



Antonio Moral está de moda estos días, aunque los medios de información de Cuenca (los impresos y los digitales) no se enteren o no se quieran enterar. Nacido en Puebla de Almenara (1956), Antonio Moral es todavía, y ya solo por unos pocos meses, hasta septiembre, director del Centro Nacional de Difusión Musical, creado en 2010, que agrupa el Auditorio Nacional, el Centro para la Difusión de la Música Contemporánea, el Auditorio 400 del Museo Nacional Reina Sofía y el Centro de Músicas Históricas con sede en León. Y aunque esas son las sedes estables, desde ese organismo y bajo su dirección se han propiciado otras muchas actividades en distintas ciudades españoles, como Cuenca, donde no hace todavía mucho organizó un concierto de órgano en la catedral.
            Antonio Moral está de moda desde que el mes pasado anunció que dejaba el cargo, harto de pelear con Hacienda, a la que considera, como muchos otros, el mayor enemigo que tiene la Cultura en este país, por la sucesión inacabable de obstáculos, cortapisas y dificultades que, con el pretexto de garantizar la pureza y honradez del sector público (en el que, como todos sabemos, pasa lo que pasa y ahí están los tribunales trabajando a destajo) no hace más que poner inconvenientes para que la labor de un gestor cultural se pueda desarrollar con una razonable comodidad. Y eso que pasa en la Hacienda estatal, al más alto nivel, se transmite con idénticas condiciones a las otras haciendas, las locales, no menos entorpecedoras que las otras.
            Moral, que ha trabajado siempre en el sector privado, donde las circunstancias son otras, no se debía esperar que, como ha explicado, la mayor parte de su tiempo tuviera que dedicarlo a minucias administrativas enrevesadas, como le ha sucedido. Y eso, estoy seguro, no lo va a resolver el nuevo gobierno, por más que quisiera. Hay una estructura inamovible, que está por encima de las ideologías, los partidos y los gobiernos y Hacienda va a seguir Hacienda, cualquiera que sea el color de su antes ministro y ahora ministra.
            El protagonista de esta nota está ahora a la espera de una nueva ocupación que, sin duda, la encontrará de inmediato. Mientras, se pasea por todos los medios de comunicación que quieren oirlo, para ir explicando su experiencia y, de paso, emitir algunas enseñanzas sobre la Cultura y la Música en este país.

jueves, 7 de junio de 2018

CAMBIO DE ALINEACIÓN



1
Nunca habíamos conocidos un gobierno con cuentagotas. Siempre ha habido, por parte de los medios, un entretenido juego de adivinanzas para intentar rastrear pistas que pudieran ayudar a identificar un nombre u otro y casi siempre se producían aciertos y algunos resbalones, pero nada estaba seguro hasta el último día, cuando se hacía pública la lista oficial. En este caso no. Apenas si José (o Josep) Borrell había sido elegido para ocupar la cartera de Exteriores (un acierto, dicho sea de paso, porque entre otras muchas cosas este país nuestro necesita a marchas forzadas mejorar la alicaída imagen que se ha ido formando en Europa en los últimos meses) cuando ya se lo estaba contando, él mismo, a todo el mundo. Luego empezaron a salir a la palestra otros nombres pero no con el acompañamiento habitual de rumores, sino dándolos por hechos ciertos. Y todos se han confirmado.

2

De esa manera, volvemos a donde estábamos antes, a no tener ministro, porque en Cuenca, eso de tener alguien en el gabinete donde se cuecen las grandes cosas del país, ha sido cosa extraña, nada frecuente. En los tiempos de Franco la provincia solo pudo contar con el ínclito Francisco Ruiz-Jarabo y en los tiempos de la democracia el único ministro fue Virgilio Zapatero, aterrizado por aquí como cunero, condición que también le incumbe al recién cesado Rafael Catalá, que no solo se ha vinculado a la provincia por motivos políticos y representativos, sino que también ha encontrado por aquí otras razones para el dolce far niente y eso, imagino, hará que siga viniendo con la frecuencia que el caso requiere. Claro que ya no podrá llevar a cabo los grandes proyectos que tenía para nosotros, según gustaban de decir sus fieles acólitos.

3

Confieso que me he quedado descolocado. Estábamos con lo del goteo que decía antes, esperando la hora del chupinazo final y en esas va y aparece la mención al reaparecido ministerio de Cultura al que, justamente, yo iba a dedicar esta tercera nota, lamentando que siguiera sin cobrar forma. Pues me tengo que tragar el preparativo lloriqueante porque volvemos a tener ministerio de Cultura (con el añadido del Deporte, que no falte) y se lo adjudican a un creador multimedia, que lo mismo le da a las ondas y al pincel que a la literatura. Imposible adivinar si Maxim Huerta va a hacerlo bien o menos bien, pero lo que sí es muy alentador es que España vuelva a tener ese maltratado departamento. Vaya con el señor Sánchez, don Pedro, y que equipo más apañado ha sido capaz de organizar así, de prisa y corriendo.



SOROLLA DEL INTERIOR




         Estar un rato en la Casa Zavala, pasear por esas salas austeras a la vez que cómodas, sentir el riguroso silencio que nos aleja de la barahúnda exterior de la cercana Plaza Mayor, dejar que la mirada vaya de un cuadro a otro, palpar sentimentalmente la proximidad de un pintor como Sorolla, son ingredientes, entre otros muchos seguramente, que un observador detallista podría añadir a este escueto repertorio, al amparo de la excelente muestra que ocupa estos días el felizmente recuperado espacio expositivo.
         Sorolla, tierra adentro es un título muy expresivo, que indica bien, sin subterfugios, lo que nos esperaba y encontramos al cruzar los primeros escalones que conducen a las salas. Este no es el Sorolla archiconocido de las playas, los niños desnudos, los pescadores faenando en las orillas del mar Mediterráneo. Este es el pintor que pateó España de cabo a rabo, pintándola, paisajes duros y ásperos del interior castellano, donde buscaba una expresividad plástica que le ayudara a plasmar una suerte de nacionalismo nada excluyente, sino abarcador de las bellezas y dolores de una tierra tan amplia como dolorida.
         Sierras y riberas fluviales, campos cultivados y montañas nevadas, árboles desnudos y tierras feraces, todos ellos auténticos, porque así trabajaba el maestro y así trasladaba al lienzo lo que veía. Auténtico es este Sorolla que hasta el 22 de julio sugiere y ofrece belleza, placer, sentimiento.


lunes, 4 de junio de 2018

ROMANOS DESPLEGADOS EN CUENCA




Uno de los muchos problemas de esta ciudad nuestra (o sea, Cuenca) es que se organizan cosas, bastantes cosas, de las que solo se enteran los protagonistas y sus familiares. Los mecanismos de comunicación funcionan por aquí fatal y eso explica que no nos enteremos bien de lo que está a punto de pasar o que nos enteremos cuando ya ha pasado. Por ejemplo, de una actividad didáctico-lúcida que se celebró días atrás en los jardines del Hospital de Santiago, a cargo de los alumnos de 5º y 6º curso del colegio La Milagrosa, que hicieron un montaje teatral de contenido histórico, en torno a la romanización de España y especialmente de Cuenca. Los alumnos actores, como “viajeros en el tiempo” han podido pasear por una réplica de un foro romano, en la que ciudadanos, senadores, esclavos, músicos, actores, legionarios, filósofos y mercaderes han interactuado con ellos y les han explicado cómo era la cultura y la vida en las ciudades fundadas por el imperio romano en nuestra provincia.
         A la experiencia se le puede añadir la palabrería propia de estos casos, porque nos cuentan que ha funcionado como herramienta didáctica que va a servir para despertar la iniciativa y el espíritu emprendedor de los alumnos en el futuro, mediante estrategias innovadoras de aprendizaje y utilizando los recursos que ofrece nuestra provincia con el objetivo de valorar y respetar nuestro patrimonio histórico.
         Muy bien dicho, pero a mí me hubiera gustado verlo, en vivo y en directo y no que me lo cuenten al cabo de los días.


miércoles, 30 de mayo de 2018

EN LA MUERTE DE JUAN EVANGELIO



La muerte de Juan Evangelio nos deja un poco huérfanos a todos los que encontramos en el libro cualquiera de esos sentimientos que aún afloran en el alma humana: el gusto, la afición, la pasión, formas de afecto que suelen hallar en el libro el amigo constante, la compañía fiel sin exigencias ni premuras. Para quienes, además, escribimos y aspiramos a encontrar lectores-compradores, la intervención eficaz de un intermediario tan voluntarioso como Juan Evangelio fue determinante. Un librero al viejo estilo, que no necesitaba el recurso permanente al ordenador para saber dónde está ese volumen o aquel ni quien era el autor o en qué punto de los aparentemente desordenados anaqueles podría encontrarse el objeto del deseo o qué recomendar (era un auténtico especialista en plumas estilográficas) en la búsqueda del regalo apropiado. Durante años alimentó en su entorno una auténtica tertulia ciudadana y libresca, que se prolongaba mucho más allá de la hora de cierre del local porque, y eso era evidente, él era el primer comerciante de Carretería en abrir las puertas y el último en cerrarlas. Su peculiar bonhomía, de amplia generosidad y abierta risa contagiosa, venía a ser como un bálsamo en el que se podía encontrar reposo más allá del trajín de la que fue calle bulliciosa, ahora un tanto descafeinada pero igualmente amistosa. Hace unas semanas dediqué un artículo a la librería señalando el notable matiz de que es el comercio más antiguo de Cuenca, camino de cumplir los cien años y apuntando como cosa notable que ese privilegio corresponda precisamente a una librería, tipo de establecimiento que está desapareciendo a marchas forzadas de muchas ciudades españolas. Hubiera sido un gesto amable del destino que Juan Evangelio pudiera haber llegado a ver ese centenario. Ha muerto ahora y el mundo del libro, en Cuenca, tiene motivos sobrados para estar de luto.


PROPIETARIOS DE UN ESPACIO PÚBLICO



Me parece muy interesante la observación que hace Elvira Lindo (El País, 27 de mayo) sobre la forma en que las terrazas veraniegas de los bares, tan apetitosas, tan agradables con el buen tiempo, se han ido apoderando de las aceras hasta el punto de considerarlas como cosa propia, de manera que ese suelo, dice, ya no es de los ciudadanos, sino del que paga el alquiler. Interpreta con acierto lo que parecen pensar los propios interesados, los propietarios de esos locales y, de paso, también el Ayuntamiento, convencidos unos y otros de que el abono de una tasa discrecional otorga sin más el derecho de propiedad del suelo que ocupan. Lo curioso, y coincido con ella, es que nosotros, los de a pie, los usuarios de esas terrazas, asumimos que no tenemos ningún derecho, que solo lo tienen los bares usuarios del espacio. Y por ello asistimos, sin especiales protestas ni quejas a lo que ha pasado de ser uso para convertirse en abuso. De los muchos ejemplos que se pueden citar basta con referirme al más expresivo, el de la Plaza Mayor de Cuenca. En un sector, el de la izquierda, junto a la calle Pilares, no hay espacio para los peatones puedan caminar. Si quieren hacerlo tienen que salir necesariamente a la propia plaza, para coexistir, o sea, pelear, con los coches. En la otra acera, junto a las viviendas, sí que hay un pequeñísimo pasillo por el que se puede transitar en fila de uno pero cuidando de no tropezar con los camareros que salen del interior para llevar el suministro a las mesas y que, por norma general, consideran que ellos tienen prioridad y por tanto los demás debemos apartarnos y cederles el paso. Como si fueran los propietarios, los dueños absolutos de la terraza y de la calle. Ciertamente es muy curioso comprobar cómo, en una civilización que reclama derechos a cada momento, hemos renunciado al más sencillo de todos, al de considerar que la calle es propiedad colectiva, de la ciudadanía, y no de quienes instalan terrazas.