martes, 12 de diciembre de 2017

MEDALLA FRANCESA PARA ANTONIO MORAL


De rebote me llega la noticia de que Antonio Moral (Puebla de Almenara, 1956) recibió hace unos días en Madrid, de manos del embajador de Francia en España, Yves Saint-Geours, la medalla de Officier des Arts et des Lettres francesa. Con esta distinción, el ministerio de Cultura y Comunicación del país galo reconoce y destaca la continuada labor de difusión de la música francesa que Antonio Moral ha venido realizando a lo largo de sus tres décadas de carrera como gestor cultural en diferentes instituciones, tanto públicas como privadas.
En la actualidad, el especialista musical conquense es director del Centro Nacional de Difusión Musical, que gestiona el Auditorio Nacional, tras haber sido director artístico del Teatro Real, al que llegó tras haber dejado la Semana de Música Religiosa de Cuenca en la que, sin duda alguna, fue la etapa más brillante de la ya veterana cita musical conquense. Y ello sin mencionar otras etapas anteriores, como su gestión cultural en la Fundación Caja Madrid o la fundación y desarrollo, casi espectacular, de la revista Scherzo.

Más allá de la escueta y casi protocolaria mención de este reconocimiento oficial que el gobierno francés le concede, quienes hemos tenido el irrepetible regalo de trabajar junto a él, valoramos en Antonio Moral su profundo conocimiento del medio musical al que se viene dedicando desde la juventud, su incorregible entusiasmo incluso en situaciones críticas y ello sin disminuir un ápice un sabio regusto irónico a través de la crítica inteligente, la seriedad de un trabajo metódico, riguroso y su escogida habilidad para no participar innecesariamente en la consabida ceremonia de las vanidades fútiles que son marca de la cultura española al uso.

lunes, 27 de noviembre de 2017

LA PIEL DE LA TIERRA, SEGÚN GUSTAVO TORNER



Casi del fondo de las sombras, o de los recuerdos más asentados en el olvido, Gustavo Torner (Cuenca, 1925) recupera ahora una colección de fotografías realizadas más de medio siglo atrás, cuando para él salir a la calle, a la naturaleza, llevando en las manos una cámara fotográfica, formaba parte de su misma esencia personal. Podría decirse, y algunos sin duda lo pensarán, que esa figura de un Torner fotógrafo era algo inimaginable. No lo pensamos así quienes, en su propio estudio, hemos podido ver la impresionante colección de cajas en las que cuidadosamente archivados y ordenados, reposan fotografías y diapositivas. Y tampoco lo podemos pensar quienes sabemos que hubo una época, cuando se preparaban documentos vinculads a planificaciones del casco antiguo de Cuenca que él mismo, en solitario, con su cámara, fotografió uno detrás de otro absolutamente todos los inmuebles del espacio arquitectónico al que llamados así, casco antiguo o casco histórico de esta ciudad.
Para su comparencia, insólita quizá, inesperada también, en esta singular exposición que ahora (y hasta el próximo 28 de enero) puede verse en la recuperada Casa Zavala, el propio artista ha elegido una serie de imágenes dedicada a la tierra, a la naturaleza. Con ojos de artista, más aún, con la mirada de un artista que entonces se encontraba en los albores del descubrimiento del arte abstracto, Torner se acerca a los elementos de la naturaleza, las rocas, los árboles, la atmósfera misma que los rodea y usando no solo los mecanismos sofisticados de unos objetivos de extrema sensibilidad sino sobre todo su mirada inquisitiva, que va más allá de la epidermis de los objetos, penetra en la esencia misma para descubrir lo que seguramente no podría captar el ojo apresurado de un espectador cualquiera.
Uno se puede imaginar al artista situado ante estos elementos, la cámara en las manos, la mirada tensa, el ojo atento para delimitar el contorno de la figura deseada, con un objetivo 6x6 o 9x9, con el que captar en blanco y negro, un fragmento mínimo del objeto enfocado, unos centímetros de roca, del tronco de un árbol (sorprendente y expresivo ese Álamo con inscripciones) , seres presuntamente inanimados, pero que en la visión de Gustavo Torner se transforman en elementos dotados de una mágica expresividad, con carácter propio.
Se entiende perfectamente que el inicialmente artista figurativo, al hilo de estas visiones cosmogónicas, diera el paso hacia la abstracción, que está ya latente en esas fotografía, sabiamente tituladas La piel de la tierra que, entre otras muchas cosas, sirven para poner de relieve la maravillosa vitalidad de este creador singular.



domingo, 26 de noviembre de 2017

LA BIBLIOTECA DEL PARQUE DE SAN JULIÁN



       Hay una publicación sencilla, sin las alharacas de diseño que ahora están tan de moda y que, en muchos casos, se imponen a los contenidos, en curiosa aplicación del viejo dicho de que los árboles no dejan ver el bosque. Se llama Entre líneas y la publica la Biblioteca Municipal de Cuenca. Ahí, en esas páginas, entre noticias bibliográficas, novedades, comentarios de libros y de autores, dicho todo con funcionalidad amable y atractiva, se deslizan de vez en cuando algunos artículos de interés, como este, que lleva la firma de Olga Muñoz y nos trae al presente el recuerdo de la Biblioteca que existió en el parque de San Julián, en el interior del quiosco de la música y que, como se dice en el inicio del artículo, aún recuerdan con cariño las personas mayores que la conocieron
       Esta biblioteca popular fue organizada por el profesor de la Escuela Normal y concejal del Ayuntamiento don José Niño, quien se planteó preparar una propuesta alejada de la aridez para que en ella primara el carácter ameno, ligero e instructivo que tienen en todas partes estas especiales bibliotecas de jardines públicos. Con esta idea, el señor Niño suscribió al Ayuntamiento a la “Biblioteca Popular Cervantes”. También  había comprado al librero de la ciudad, Vicente Escobar varias obras entre las que se encontraban novelas de Clarín y Blasco Ibáñez, poesía de Rubén Darío o la obra de Fermín Caballero “Conquenses Ilustres”. El presupuesto ascendió a 500 pts., y recibió el visto bueno del órgano municipal.
      Con paciencia y mucha voluntad, recurriendo a donaciones de diversas fuentes, consiguió inaugurar la biblioteca en este pequeño local situado en el centro del jardín, con un millar de libros, el 15 de junio de 1928. Al día siguiente de la inauguración, José Niño enviaba un entusiasta artículo al periódico, en el que explicaba que había intentado crear una biblioteca municipal en la ciudad pero al no recibir apoyo optó por una empresa “más modesta”, conocedor de otros proyectos similares en parques y jardines españoles, y convencido de que estas bibliotecas son “una de las creaciones más delicadas de nuestra generación, y la manifestación más hermosa de la educación y la cultura modernas”. Un año más tarde, ya habían pasado más de 9.000 lectores por la biblioteca, considerada todo un éxito en la prensa local. La guerra civil  interrumpió su funcionamiento, aunque volvió a ponerse en marcha de manera intermitente. Muchos conquenses recuerdan aún con nostalgia aquella biblioteca del parque, como Nicasio Guardia, en su libro El Parque de San Julián: “...la antigua biblioteca, que funcionaba en la parte baja del kiosco, en la que los niños de entonces leíamos las novelas de Emilio Salgari y nos encandilábamos con las aventuras de Yáñez y Sandokán; mi vicio por la lectura lo debo en gran parte a aquella biblioteca”. 
      Dice Olga Muñoz que también muchos de los usuarios habituales, los que van a diario a la Biblioteca del Centro Cultural Aguirre, conservan un cariñoso recuerdo de la biblioteca popular “Fray Luis de León”. Los libros que han sobrevivido al paso de los años se encuentran ahora en esta biblioteca, heredera de aquélla iniciativa que abrió camino para llevar la lectura a todos los conquenses ofreciendo libros entretenidos, variados, accesibles, en una ubicación céntrica y en un entorno querido por todos.
      Desde el recuerdo y, por qué no, desde la nostalgia, pienso que sería una buena idea, una idea excelente, recuperar también en Cuenca las bibliotecas en los jardines y en otros espacios públicos similares, como en la ribera del Júcar.

LOS CARTELES DE IVÁN ZULUETA



Iván Zulueta (1943-2009) es una personalidad irrepetible. Nacido en una familia burguesa de San Sebastián, estudió decoración, pintura y cine. Autor de una corta filmografía, en la que figuran Un, dos, tres, al escondite inglés (1969) y Arrebato (1979), dos títulos rompedores y vanguardistas, fue también el artista que dio a luz una irrepetible colección de carteles de cine, de películas españolas y americanas, cuando hacer tales cosas era verdaderamente un arte. Ochenta de esos carteles forman la exposición singularísima que ha montado el Cine Club Chaplin coincidiendo con la 20ª Semana de Cine de Cuenca.
Como ha escrito Pablo Pérez Rubio el folleto que acompaña la exposición, “Zulueta es referente como propulsor de una estética en España y como maldito consciente”, no solo en su forma de concebir el cine (el arte, en general; la vida como totalidad) sino en su actitud ante el mundo que le rodeaba, en lucha permanente con la industria, la administración, la crítica y el público, situación que desemboca abruptamente en esa película insólita, increíble, que sólo ahora, varias décadas después de haber sido realizada, empieza a ser comprendida y valorada, Arrebato, paradigma de la personalidad arrebata y extrema de su autor.
Pero en la exposición, naturalmente, no se habla de esa película, que hubo ocasión de ver en la sala del Centro Cultural Aguirre el día inaugural (para sorpresa e incomodo de un público que no esperaba tal cosa) sino de la actividad de Iván Zulueta como autor de carteles de cine, gremio artesanal generalmente no conocido ni reconocido, en el que solo muy pocos nombres han conseguido desbordar los estrechos límites del anonimato. Zulueta pertenece al grupo de quienes, a finales de la década de los ochenta del siglo pasado, viven y conocen la decadencia del género, cuando los artistas creadores van siendo sustituidos paulatinamente por la irrupción de la tecnología digital que sustituye a los creadores de tinta, papel y colores, autores además de su propia tipografía igualmente imaginativa.
En el mismo folleto de la exposición, otro experto, Pepe Alfaro, escribe que “son obras que, en general, rezuman una tremenda fuerza expresiva, manejada con toda libertad creativa, como hasta la fecha no se había visto en los trabajos de los cartelistas, permanentemente sujetos a las indicaciones y directrices de las distribuidoras, casi siempre encaminadas a dar brillo y colorido a fotogramas de los actores”. Zulueta desborda esos límites, trasciende lo inmediato y busca en el fondo del argumento el motivo en que se inspira para trazar los dibujos de sus carteles, en los que destacan, con fuerza propia, los títulos, todos ellos inspirados en diseños gráficos absolutamente originales y que terminan por dar personalidad no solo al propio cartel, sino a la misma película. Véase si no la tremenda expresividad de carteles como los de Furtivos, Laberinto de pasiones, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, Viridiana, Al escondite inglés, o, entre los títulos americanos, La jungla de asfalto, El tercer hombre, Gilda o La señora Míniver.
No son solo carteles de cine, no son solo películas. Es arte en estado puro, maravilla creativa, pulsión expresiva, imágenes conmovedoras surgidas de una mente tan atormentada como delirante. Una ocasión única, irrepetible, que merece la pena disfrutar en la sala de exposiciones del Centro Cultural Aguirre. Y que se completa con una deliciosa pequeña colección de artilugios de la prehistoria del cine, en forma de proyectores que estuvieron en vigor durante muchos años, aunque ahora sean piezas de museo.



viernes, 24 de noviembre de 2017

YA SOLO FALTA EL DÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS



Se podría simplificar el caso aludiendo a la habitual generalizada estupidez de la ciudadanía española aunque también sería posible elaborar todo un tratado sociológico-económico en torno a la inestimable habilidad de la industria americana para vender con suma facilidad y eficacia todo lo que producen, desde la coca cola hasta el infame repertorio de películas que dominan ya todas las salas de nuestro país, pasando por el pollo frito de Kentucky, las hamburguesas de nadie sabe qué tipo de carne o la odiosa personalidad de Donald Trump, cuestiones todas que no deberían hacernos olvidar a otros ejemplares valiosos de aquel pais, como Walt Whitman, Marilyn Monroe o Elvis Presley, por decir algunos.
Entre la habilidad de ellos y la tontería de los demás llega el Black Friday y se nos mete hasta en la sopa. Probablemente casi nadie sabe qué significa exactamente, más allá de que en estos días se pueden obtener baratijas de saldo a precios de ganga. Viernes negro es el que sigue al jueves de Acción de Gracias, con la diferencia de que esta última fecha tiene un carácter tradicional, mientras que lo del viernes es una invención moderna, que se ha ido extendiendo en el tramo final del siglo XX. Inicialmente, tenía un carácter simbólico, porque era la fecha en que se abrían las ventas de Navidad, lo que motivaba un gran desplazamiento de personas y vehículos. Se cuenta que fueron los policías de Filadelfia quienes, en un arrebato de ingenio, llamaron así, viernes negro, a la considerable dificultad que se les presentaba para regular el tráfico. Otros teóricos de la comunicación han querido encontrar una explicación diferente: negro significa números positivos, en contraposición a rojo, que son cuentas negativas.
Y aquí lo tenemos también, con multitud de comercios implicados intentando vender todo lo vendible, a precios superrebajados. Lo que no entiendo es por qué se mantiene activo el término anglófilo, Black Friday, lo que origina algunas dificultades entre locutores radiofónicos y gentes de a pie cuyo dominio del inglés deja algo que desear, en vez de llamarlo directamente Viernes Negro, que suena mucho mejor.

Ya solo nos falta celebrar también el Día de Acción de Gracias, ese sí, dicho y escrito en castellano. Seguro que alguna mente preclara, de las mismas que denigran el Día de la Fiesta Nacional o silban al himno, en las pocas ocasiones en que suena, ya está acariciando la idea. Por lo pronto, aquí mismo, en Cuenca, 35 comercios estarán hoy ofreciendo descuentos con el fin de atraer a la clientela. En el montaje colabora el Ayuntamiento que, la verdad, no se qué pinta en este asunto estrictamente comercial.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

DAÑOS COLATERALES


            El espectáculo, inenarrable, que nos ofrece diariamente el caso de Cataluña, se presta a tal cúmulo de comentarios que se comprende la práctica ocupación de todas las parrillas habidas y por haber, en prensa, radio y televisión. A estas alturas, el factor que predomina es la comicidad, porque no hay manera de enfrentarse ya en serio a las circunstancias de este sainete esperpéntico, que movería a risa constante si no fuera porque, realmente, en el fondo, la cosa es muy seria aunque para mí que todo ese tenderete va a decaer en las próximas semanas, tan pronto unos y otros se dediquen al sabroso entretenimiento de preparar las elecciones.
            Uno de esos componente es el de las peñas futbolísticas creadas durante década en torno al Barça. Como por estas sencillas y acogedoras tierras de Cuenca no ha habido, al menos hasta ahora (en adelante ya veremos) prejuicios raciales ni nacionalistas, esas peñas fueron creciendo a mucha mayor velocidad que las de cualquier otro equipo, Real Madrid incluido, lo que debería dar pie a algún sesudo estudio sociológico que explique la naturaleza de ese fenómeno. Ahora, dicen, algunas de esas peñas están renegando de su filiación blaugrana; no creo que sean muchas, pero cuando pasan cosas como esta, el personal pierde la razón, el sentido común y el del equilibrio, vuelan ceses y dimisiones, crecen los divorcios y se multiplican los insultos y descalificaciones.

            Trasteando por los senderos provinciales me encontré un día con esta imagen, la Peña Barcelonista de Casasimarro, asentada en un vistoso local situado en las afueras del casco urbano, donde proclama a los cuatro vientos su deportiva filiación. No se si esta es una de las peñas que ha renunciado a su amor filial hacia el club de Mesi, pero aquí queda constancia de su dedicación.

domingo, 5 de noviembre de 2017

LAS MARAVILLAS DE NOHEDA


            No son frecuentes las citas a cosas de Cuenca en las páginas de las más importantes revistas que corren por los quioscos. Estuve muchos años suscrito al más que prestigioso (y valioso) National Geographic y no recuerdo haber encontrado nunca algún artículo o reportaje referido a algunas de las cuestiones que tenemos por aquí y circulan, con mejor o peor suerte, por libros y periódicos. Quizá es que no lo merecen, o quizá es que sobrevaloramos lo que tenemos y eso no es así desde otra óptica.
            Ahora sí, en las páginas del National, pero no en el básico sino en la edición dedicada a Historia, aparece una mención a uno de los aspectos más interesantes que últimamente corren por aquí, el mosaico de la villa romana de Noheda. Lo firma un experto, el responsable de la excavación que allí se está realizando, Miguel Ángel Valero que, aunque sujeto al poco espacio que le han dejado (seis páginas solamente) lo utiliza sabiamente para trazar un panorama muy eficaz de lo que allí hay, con una aproximación histórica al origen y utilización del lugar y una expresiva explicación del mosaico que, a través de estas palabras y de la brillante ilustración gráfica que lo acompaña, adquiere ante nuestros ojos una dimensión aún más importante y valiosa.
            La información que nos proporciona Valero es extraordinariamente útil y nos permite reconstruir un tiempo brillante, ya ido, adormecido durante siglos y ahora felizmente recuperado. La habitación principal de la villa, nos dice, que mide casi 300 metros cuadrados y a la que se accedía por un espacio porticado, probablemente era el comedor, “donde el rico propietario habría organizado sofisticados banquetes”. Es ahí donde se encuentran los mosaicos, de tipo figurativo, casi todos de tema mitológico, incluyendo una escena que reproduce una representación teatral.
            “Por numerosas razones –dice el arqueólogo comentarista- el mosaico de Noheda es excepcional y no se conoce en el territorio de Hispania ningún otro pavimento figurativo con estas dimensiones. Además, en todo el Imperio no se encuentran ejemplos de mosaicos con unas características análogas a éste, es decir, que cuenten con su gran profusión iconográfica y con una estructura tan compleja y variada. A todo esto se suma su excelente estado de conservación”.
            Y esta maravilla, situada a dos pasos de la ciudad de Cuenca (18 kilómetros exactamente) ¿la podemos conocer, ver, admirar? Pues no señor, porque la Junta de Comunidades, la Diputación y el Ayuntamiento de Villar de Domingo García consideran que es mucho más útil discutir si son galgos o podencos y mientras no se aclare tan ardua cuestión, el yacimiento está cerrado a cal y canto, bloqueado, cubierto, invisible. ¿Algún día lo podremos ver? Al paso que vamos, ad calendas graecas. Y nunca mejor dicho el latinajo que con este motivo.