sábado, 11 de junio de 2016

OTRA PUERTA CERRADA, EN PRIEGO


Esta es una imagen que ya no volverá a repetirse. El escenario es el salón de actos del centro cultural Diego Jesús Jiménez, en Priego. El motivo la reunión de estas personas es asistir a una de las jornadas del curso Leer y Entender la Poesía que cada año, en el mes de julio, se ha venido celebrando en esa ciudad a medias serrana, a medias alcarreña. No recuerdo ahora exactamente cuántas ediciones se han celebrado, en torno a 15, pero sí se, con meridiana claridad, que cuando llegaban esas fechas, durante tres días, se congregaba en Priego un nutrido grupo de poetas, y a su alrededor un también respetable número de estudiantes, que junto con otros aficionados de distinta filiación y procedencia convivían en amigable cónclave, hablaban (y oían) poesía y cuestiones teóricas en torno a ella, e impregnaban las calles pricenses de un ambiente especial. A nadie hacían daño y nada la costaba al pueblo, porque todo iba con cargo a la Universidad regional y a otros fondos públicos. Hasta ahora. El Ayuntamiento de Priego ha decidido que esta actividad no le interesa, ha retirado su apoyo y de esa manera llega a su final la historia de este curso poético. Y alguien se preguntará, naturalmente, a qué se debe esa drástica decisión. Las urnas tienen la culpa. El curso nació y se desarrolló mientras en el Ayuntamiento había mayoría socialista y alcalde de ese color. El año pasado, en las elecciones locales, cambió la tortilla. Llegó el PP y el nuevo alcalde, que proclama como todos una enorme afición por la cultura, ha decidido demostrarlo suprimiendo el curso de poesía. Así son las cosas y así va este país sobre el que ya se han dicho tantas cosas que es innecesario añadir nada más.

domingo, 5 de junio de 2016

LLEGA LA MARABUNTA ELECTORAL




        La democracia, que es el menos malo de todos los sistemas políticos inventados hasta ahora, tiene unos componentes muy desagradables, como venimos experimentando cuando creíamos que estaba ya plenamente consolidada entre nosotros. Uno de ellos lo estamos sufriendo en nuestras propias carnes (y, sobre todo, en la paciencia colectiva), derivado del estúpido resultado conseguido tras las últimas elecciones, las de diciembre, y la perversa actuación de quienes deberían haber encontrado la fórmula eficaz para formar gobierno. No lo han conseguido y la consecuencia inmediata es que, pese al hartazgo generalizado, nos obligan a ir a las urnas otra vez, dentro de unas semanas.
        Siendo malo y cansino todo ello, lo peor es lo que viene antes, o sea, a partir de dentro de un par de días, en que se pondrá en marcha eso que llaman "campaña electoral", forma ambigua de calificar una especie de martirio chino al que nos van a someter a los ciudadanos por todos los medios imaginables, singularmente desde las televisiones y radios, que además colaboran con todo entusiasmo poniendo cámaras y micrófonos a disposición sin límites de todos los osados que quieran decir algo, sin importarles los contenidos o las reiteraciones porque ocurre que, a fin de cuentas, todos, desde el primer cabeza de lista hasta el último candidato provinciano, dicen siempre lo mismo, una y otra vez, salvo un esporádico milagro (que nunca se produce) en que alguien se sale del guión y aporta alguna novedad.
        Con todo, el aspecto que me parece más negativo de las campañas es el que cae de bruces sobre pueblos y ciudades en forma de esperpénticos mensajes adheridos a tapias, cartelones o paredes de la más diversa condición y textura. Dicen, nos vienen diciendo, que en este caso van a ser más ahorrativos y abrumarán menos al colectivo humano español con su despilfarro de merchandising impreso. No me lo creo. Seguro que a la hora de la verdad sienten la tentación y hacen lo de siempre, empezando por la ridícula ceremonia de pega de carteles a las cero horas en punto del inicio de la campaña.
         Yo agradecería a todos los partidos que tuvieran la amabilidad de ahorrarnos el bochornoso espectáculo de esos cartelones plagados con los rostros de los protagonistas, pisándose unos a otros, sin gusto, sin el menor cuidado por la estética urbana y sin conceder el menor valor al contenido de sus mensajes. Pero me temo que mis buenas intenciones irán a parar al amplio cajón de sastre donde los políticos que nos han tocado en suerte acumulan, sin rubor, todo lo que está cayendo sobre ellos.

sábado, 4 de junio de 2016

LA CIUDAD ABSTRACTA




        No se cuántas personas son lectores habituales de El País en Cuenca. Ese es, como todo el mundo sabe, el periódico de mayor tirada, difusión, venta y lectura en España, de manera que es previsible que a estas alturas del sábado, sean numerosos, miles o millones, los ojos que se han posado en la primera página del suplemento Babelia y una buena porción de ellos, con toda seguridad, habrá seguido el título para pasar a las páginas interiores donde encontrar el reportaje informativo sobre Cuenca en vísperas de que el Museo de Arte Abstracto cumpla 50 años, dato tan sorprendente como estimulante.
         La autora del documento periodístico, Carmen Morán, ha encontrado un acertado título para jugar con las palabras y los conceptos. Cuenca, polo de abstracción es, en verdad, una frase ingeniosa que viene muy bien para sintetizar lo que ha sucedido en esta ciudad en este medio siglo, desde que Fernando Zóbel (está en la foto, de espaldas, con camisa amarilla) se dejara convencer por Gustavo Torner (al fondo, a la izquierda, de pie junto a la mesa) para instalar aquí la colección personal que había ido formando con obras de artistas de su generación.
         La ciudad, entonces, en aquel verano de 1966, no sabía lo que se le venía encima, de prestigio, fama, popularidad y eco internacional. A lo peor todavía algunos no se han enterado del todo, pero el Museo está ahí, cumpliendo años, incólume y firme, como lo concibió su fundador, sirviendo de ejemplo a otros de similar carácter y menos coherentes y, sobre todo, formando el sustrato básico sobre el que se apoya todo lo que Cuenca puede ser y, más aún, lo que podría ser si no hubiera tanto desconcierto y confusión pululando por las calles y los cenáculos.

       

domingo, 22 de mayo de 2016

TODAVÍA LAS BANDERAS


            Quienes ya vamos siendo mayores en edad, algo en sabiduría y nada en gobierno, nos sentimos reconfortados al ver que se mantienen vigor, con el paso de los años, las mismas tontería (¿estupideces?) que marcaron nuestra juventud, por ejemplo, el inmoderado e irracional recurso a esgrimir banderas de cualquier tipo, color o ideología, con los pretextos mas fútiles. Y comprobar, de paso, que el poder oficial reacciona con la misma estulticia, ahora que es democrático, como cuando era absolutista y dictatorial. Podría hacerse un ensayo (a lo mejor ya está escrito) sobre las sandeces que han provocado las banderas, tanto por los que defienden una sola exclusiva y excluyente como por parte de quienes se inventan otras, las suyas, para acongojar a la primera.
            Naturalmente, esta sobria meditación la suscita el esperpéntico espectáculo de estos días a cuenta de la estelada catalana que quienes exhibir (y exhibirán masivamente) en la final de la Copa del Rey. Curioso: quienes desean con tanto ahínco la independencia quieren, a la vez, ser campeones de España y obtener el trofeo que lleva el título del por ellos denostado titular de la corona del país al que no quieren pertenecer. A mí me parecería bien que, en el colmo de la coherencia, el Barcelona se negara a jugar la Copa del Rey y, desde luego, no quisiera recibirla ni exhibirla en sus vitrinas. Pero si la ganan, se sentirán enormemente felices y la pasearán gloriosamente por las Ramblas, encantados de ser los mejores de España. He mencionado la palabra coherencia. ¿Qué es eso?
            Desde luego, lo contrario de lo que ha hecho la absurda delegada del gobierno en Madrid, prendiendo fuego a la antorcha sin tener a los bomberos cerca. Y uno se pregunta a cuento de qué ha venido esta rigurosa exigencia, ahora, en una especie de aquí te pillo aquí te mato, cuando el país entero lleva años inmerso en la barahúnda de las banderas, sin que nadie se le haya ocurrido lo más sencillo y amparado por las leyes: conseguir que las instituciones pública hagan lo que deben, exhibir en sus balcones y despachos la bandera de España junto a las propias. Al contrario, con vergonzosa inhibición, los responsables de la autoridad se lavan la mano, esconden la cara, miran a otro lado, sin que en ningún momento este riguroso gobierno que ha querido impedir la estelada en un campo de fútbol actúe con similar energía para obligar a que instituciones y ayuntamientos de Cataluña y el País Vasco (ahora ya también en otras comunidades) tengan la bicolor bien a la vista.
            Y si no queremos ir tan lejos o tan arriba, miremos más de cerca la sorprendente exhibición generalizada de las banderas republicanas, dignas de todo respeto histórico e incluso del deseo de que vuelvan a tener vigencia, pero mientras tal cosa no ocurra, la bandera legal y constitucional es la otra, la única que debería exhibirse. Sin embargo ahí está masivamente en concentraciones y manifestaciones, incluso de partidos y sindicatos que se llaman constitucionalistas. Y si no, podemos asomarnos a un pueblo de Cuenca, Alcalá de la Vega, y encontrar este bonito escaparate en el que conviven la enseña del Atlético de Madrid con la tricolor. El edificio que hay al lado es el Ayuntamiento del pueblo. O sea, que no vale decir que no se han enterado.



sábado, 30 de abril de 2016

LA MANCHA DE CERVANTES


            Hay, de siempre, un singular empeño, condenado sistemáticamente al fracaso, lo que no impide que uno tras otro docenas de especuladores estén obcecados con intentar dar una respuesta imposible a lo que Cervantes no quiso señalar en manera alguna, esto es, cuál era o podía ser, el lugar de la Mancha del que no quería acordarse y en el que vivía su invención genial, el caballero Don Quijote. Es un empeño vano, pero ahí están tantas mentes imaginativas empecinadas en poner nombre al que, muy seguramente, no lo tuvo jamás, porque probablemente la intención del autor era fijar solo una referencia genérica, La Mancha, sin pensar o querer referirse a un lugar concreto del que, por eso mismo, no ofreció pista alguna que hiciera posible su localización.
            Ahora, al hilo del cuarto centenario, se reavivan las búsquedas geográficas, solo que ya no basta con pretender situar ese lugar ignoto señalado en el origen mismo de la novela, sino que el propósito se amplia a otros escenarios, igualmente susceptibles de recibir nombres concretos y fijación en capítulos determinados, de manera que asistimos a una singular competición entre todos los cronistas o aficionados locales para atribuir a su pueblo esta mención, aquella referencia o el conocido episodio de molinos, carneros, ventas o titiriteros. El Quijote fue, en este sentido, una obra absolutamente abierta y por tanto susceptible de cualquier interpretación. No hay más que tener un poco de habilidad, conocer algo de los caminos que cruzan los mapas y llevar de la mano a caballero y escudero para que atraviesen por aquí o por allá, se detengan en este punto o veinte kilómetros más allá. Eso sí, todos los inventores de rutas y aventuras aportan tan convincentes argumentos que uno está dispuesto a creerlos… hasta que llega otro posterior y desmonta la teoría ya aceptada para sustituirla por otra igualmente razonada con todo lujo de detalles.
            De todas estas fantasías literario-geográfico-turísticas (porque, en el fondo de todo, lo que hay es el declarado propósito de que acudan cientos de visitantes a disfrutar del lugar “real” en que sucedió este o aquel capítulo quijotesco) la más llamativa es la que se refiere a la Serranía de Cuenca, cuyos promotores lo cuentan con tal convicción que ya vemos a Don Quijote atravesando la hoz de Beteta, recalando en Cañizares, hospedándose en la Herrería de Santa Cristina o tomándose un baño reparador en el Solán de Cabras, por más que Cervantes, a quien también se le describe como residente en estos parajes, nunca escribió ni una sola línea sobre ellos, señal evidente de que no los conocía tan bien como pretenden los exégetas de semejante caso.

            Más valía, digo yo, que unos y otros entretuviéramos estos tiempos ociosos haciendo lo más productivo: leer el Quijote, que eso sí es disfrutar.

TRABADOS POR UN SUEÑO




            Concha Lledó y Segundo Santos han elegido un espacio singular (muy singular) para enseñar públicamente lo que ocurre cuando han vuelto a unir sus fuerzas y sus ánimos muchos años después (algo así como 30), repitiendo ahora aquella experiencia que estaba asentada en el recuerdo de quienes entonces la conocieron. Ese espacio tan especial (vale aquí el juego de palabras) es la Posada de San José y allí, en sus paredes, las que forman el gran salón del recinto y también en las del comedor, se han distribuido estos no se si llamar cuadros, porque lo son, aunque su contenido no tiene que ver estrictamente con la formalidad del arte sino con la maravilla de las invenciones, ese territorio abstracto por el que pueden circular todas las fantasías imaginables.
            Concha Lledó es, resumiendo su obra, una tejedora de sueños, que con sus habilidosas manos sabe transformar la materia en principio árida de los hilos indecisos para hacer con ellos alfombras, tapices o lo que sea menester. Segundo Santos descubrió cuando era joven la tradicional elaboración del papel, utilizando también materias primas vinculadas a la tierra, y con admirable constancia ha desarrollado a partir de ese punto todo un mundo creativo en el que cabe cualquier figura imaginada o soñada.
            Concha Lledó decidió un día abandonar las asperezas de la breñas serranas conquenses y se marchó a la orilla del mar, donde brilla una luminosidad infinita, inacabable. Segundo Santos prefirió quedarse en ese mismo lugar y en un rincón casi escondido de una callejuela del casco antiguo montó y mantiene su taller papelero, aunque luego tenga un escaparate comercial en la Plaza Mayor. Por encima de esos kilómetros distanciadores, Concha y Segundo han unido ánimos para reverdecer aquella antigua conjunción de ideas que ahora da forma a una exposición titulada Trabados, un reencuentro amistoso, imaginativo, soñador, de técnicas y diseños, una combinación de hilos y papeles que vienen a formar un admirable entramado decorativo por el que circulan alegremente las elucubraciones atrevidas de estas mentes capaces de mover sus manos para que interpreten en formas reales lo que hay escondido en los recónditos pasajes del cerebro. Y, de paso, nos hacen disfrutar con estas visiones suavemente amistosas, cuya amable compañía transforma estos días las paredes de la Posada.




lunes, 25 de abril de 2016

EL RINCÓN DE LAS ANGÉLICAS


            Cada vez que paso por la calle de San Pedro, al llegar a la altura de lo que fue convento de las angélicas y ahora es sede de la Escuela de Arte “Cruz Novillo” juego interiormente a las adivinanzas tipo deshoje de margarita: ¿estará abierta? ¿estará cerrada? A veces toca la flauta y las puertas de la antigua iglesia, ahora sala de exposiciones, están abiertas, pero la mayor parte se encuentran cerradas. Que ahí, en ese lugar, se haya montado algo que ver, se convierte así en una experiencia aleatoria, que debe depender de condiciones muy variadas, cuyo secreto se me escapa. Pueden ser muestras organizadas a partir de los trabajos de los pocos alumnos, en otros casos aparecen exposiciones que no han podido encontrar acomodo en las salas convencionales y recurren a esta, aún contando con la deficiente publicidad que la acompaña.
            El antiguo convento de angélicas es, como todos los de Cuenca, de una extraordinaria austeridad exterior (también interior); por fuera, todos ellos son considerables mamotretos arquitectónicos, sin apenas decoración, estructurados a partir de grandes murallones lisos, con apenas algún hueco para ventanas y poco más. Pero por dentro casi todos ofrecen algún encantador espacio, como ocurre con esta iglesia, de una sola nave, que se acomoda muy bien para recibir exposiciones artísticas, carente ya de cualquier simbología religiosa que pudiera recordar su anterior dedicación. Es un espacio sencillo, recogido, amable, bien iluminado, que permite contemplar sosegadamente, como debe ser, el material expuesto en cada caso, por el que puede la mirada deslizarse con calma sintiendo en cada momento el interés, la emoción (a veces, también, el rechazo, ¿por qué no?) de lo que allí se muestra y que como no responde a ninguna organización preconcebida o un plan coherente, se presta  a las más variadas sorpresas, según cual sea la propuesta de cada momento.
            Ahora, a la iglesia que fue de las angélicas le toca estar cerrada. Lleva así ya semana y seguramente le esperan otras más. Hasta que vuelva a tocar la flauta y con el motivo más inesperado se nos proporcione nuevamente la oportunidad de disfrutar de un lugar tan delicioso.