Como
cada agosteño mes de cada uno de los años que vienen y van, Carretería se
convierte en un espacio amable, conciliador, recinto apropiado para la
convivencia, el paseo, la amistosa conversación entre quienes se reencuentran,
quizá al cabo de mucho tiempo sin verse, la búsqueda de algún objeto necesario
en cualquiera de los variados establecimientos que abren sus puertas a ambos
lados de la calle. Y están, naturalmente, las terrazas, tan abiertas, tan
cálidas en cuanto a los sentimientos y tan fresquitas al atardecer bajo el
paraguas protector de las sombrillas. Qué bien se está en Carretería, paseando,
mirando escaparates o tomando una cerveza en cualquiera de los espacios
preparados para ello. Parece que aquí el tiempo no pasa. No hay ruidos
molestos, ni coches que pasan a todo meter de sus motores, ni actividades
molestas o insalubres. No hay máquinas trepidando de manera constante o
levantando una polvisca insana, de las que atosigan los pulmones. Nadie molesta
la tranquila convivencia de los ciudadanos y visitantes, amistosamente acogidos
en este ámbito cordial, un auténtico paraíso en mitad del tráfago angustioso
que es común en otros lugares del mundanal globo terráqueo. Qué bien se está en
Carretería, siempre acogedora, como una auténtica calle mayor, en la que ningún
elemento molesto viene a enturbiar la plácida existencia. Porque agosto, ya se
sabe, es un mes para descansar y vivir bien, no para estar angustiado mientras
de las bocas salen maldiciones impronunciables. Pero eso no pasa aquí, donde
todo es ejemplar y amistoso. Un paraíso de tranquilidad, vaya.
José Luis Muñoz. Una visión permanente sobre las circunstancias de la vida cultural en Cuenca, comentada con espíritu comprensivo y un punto crítico. Literatura, arte, patrimonio, cuestiones cotidianas, a través de la mirada de un veterano periodista.
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jueves, 4 de agosto de 2016
martes, 18 de febrero de 2014
ADIÓS, MERCERÍA, ADIÓS
Era un
mundo maravilloso de figuras y colores, una amalgama desordenada, al estilo
antiguo, con ese orden interno que sólo conoce quien organiza la distribución
de los elementos, como nos pasa a cada uno de nosotros con nuestra propia
biblioteca: un vistazo y sabemos dónde está ese querido volumen, sin necesidad
de tejuelos ni de seguir la ordenación sistemática internacional. Así era la
Mercería Alonso, antigua, entrañable, imaginativa, envolvente. En sus anaqueles podían encontrarse los más
variados objetos propios de este comercio tradicional: agujas, hilo, madejas de
lana, calcetines, medias, cremalleras, botones, ropa interior, corchetes…
amontonados en cajas de rancio sabor, entre las que se abrían paso algunos
expositores de moderno diseño, para contribuir así al maridaje de las formas y
los sentidos. El local fue abierto por los padres de Luisa González ( Motilla
del Palancar) a primeros del siglo XX. Desde los años 50 lo regentaron Carlos
Zarzuela (nacido en Tarancón) y la propia Luisa. El apelativo Alonso lo asumieron
porque en Motilla a la familia se la conocía como “los Alonso”. Él era mecánico
tornero y cambió el oficio al contraer matrimonio y decidir ambos asumir la
mercería. Cuando hablé con ellos, hace algunos años, reconocieron que el local
no se había modificado prácticamente nada y eran ya pesimistas sobre su futuro,
porque los hijos no querían saber nada de esa dependencia diaria. Carretería,
cada vez más despersonalizada, pierde otro de sus elementos fundamentales de
identificación social y comercial. Y uno, nostálgico siempre, dice adiós a este
paraíso de objetos encantadores y luminosos.
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