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jueves, 4 de agosto de 2016

UN REMANSO DE PAZ EN CARRETERÍA



            Como cada agosteño mes de cada uno de los años que vienen y van, Carretería se convierte en un espacio amable, conciliador, recinto apropiado para la convivencia, el paseo, la amistosa conversación entre quienes se reencuentran, quizá al cabo de mucho tiempo sin verse, la búsqueda de algún objeto necesario en cualquiera de los variados establecimientos que abren sus puertas a ambos lados de la calle. Y están, naturalmente, las terrazas, tan abiertas, tan cálidas en cuanto a los sentimientos y tan fresquitas al atardecer bajo el paraguas protector de las sombrillas. Qué bien se está en Carretería, paseando, mirando escaparates o tomando una cerveza en cualquiera de los espacios preparados para ello. Parece que aquí el tiempo no pasa. No hay ruidos molestos, ni coches que pasan a todo meter de sus motores, ni actividades molestas o insalubres. No hay máquinas trepidando de manera constante o levantando una polvisca insana, de las que atosigan los pulmones. Nadie molesta la tranquila convivencia de los ciudadanos y visitantes, amistosamente acogidos en este ámbito cordial, un auténtico paraíso en mitad del tráfago angustioso que es común en otros lugares del mundanal globo terráqueo. Qué bien se está en Carretería, siempre acogedora, como una auténtica calle mayor, en la que ningún elemento molesto viene a enturbiar la plácida existencia. Porque agosto, ya se sabe, es un mes para descansar y vivir bien, no para estar angustiado mientras de las bocas salen maldiciones impronunciables. Pero eso no pasa aquí, donde todo es ejemplar y amistoso. Un paraíso de tranquilidad, vaya.



martes, 18 de febrero de 2014

ADIÓS, MERCERÍA, ADIÓS




            Era un mundo maravilloso de figuras y colores, una amalgama desordenada, al estilo antiguo, con ese orden interno que sólo conoce quien organiza la distribución de los elementos, como nos pasa a cada uno de nosotros con nuestra propia biblioteca: un vistazo y sabemos dónde está ese querido volumen, sin necesidad de tejuelos ni de seguir la ordenación sistemática internacional. Así era la Mercería Alonso, antigua, entrañable, imaginativa, envolvente. En sus anaqueles podían encontrarse los más variados objetos propios de este comercio tradicional: agujas, hilo, madejas de lana, calcetines, medias, cremalleras, botones, ropa interior, corchetes… amontonados en cajas de rancio sabor, entre las que se abrían paso algunos expositores de moderno diseño, para contribuir así al maridaje de las formas y los sentidos. El local fue abierto por los padres de Luisa González (Motilla del Palancar) a primeros del siglo XX. Desde los años 50 lo regentaron Carlos Zarzuela (nacido en Tarancón) y la propia Luisa. El apelativo Alonso lo asumieron porque en Motilla a la familia se la conocía como “los Alonso”. Él era mecánico tornero y cambió el oficio al contraer matrimonio y decidir ambos asumir la mercería. Cuando hablé con ellos, hace algunos años, reconocieron que el local no se había modificado prácticamente nada y eran ya pesimistas sobre su futuro, porque los hijos no querían saber nada de esa dependencia diaria. Carretería, cada vez más despersonalizada, pierde otro de sus elementos fundamentales de identificación social y comercial. Y uno, nostálgico siempre, dice adiós a este paraíso de objetos encantadores y luminosos.