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viernes, 1 de septiembre de 2017

CHEMA MADOZ EN LA SALA ANGÉLICAS



            Tener mala memoria es una característica de nuestro tiempo. En unos casos porque, realmente, se ha perdido y en otro porque es más cómodo no hacer ningún esfuerzo por recordar. Me planto en medio de la sala de exposiciones de la Escuela Cruz Novillo, antigua iglesia del convento de las angélicas, rodeado de las fotografías de Chema Madoz que forman la única muestra de Photo España que viene este año a Cuenca y me pregunto si alguien recuerda aquellos tiempos en que venían varias, tantas que era preciso habilitar todas las salas disponibles en la ciudad. A lo mejor, me digo, tampoco hace falta recordar nada, ni sentirse nostálgicos o cosas por el estilo. Quizá con estas migajas tenemos suficiente.
            Meditaciones inútiles al margen, volvemos a la realidad y esto es lo que hay. Chema Madoz es premio nacional de Fotografía y, según dicen los que entienden de estas cosas, uno de los más importantes fotógrafos españoles del momento. Para quienes no entendemos, nos espera la sorpresa ante una propuesta en la que destacan, claramente, la calidad y la novedad. Son imágenes en el siempre agradecido blanco y negro, englobadas en una temática general apenas interrumpida por un par de excepciones. La naturaleza de las cosas es el título de la exposición y, fiel a lo que ahí se dice, nos encontramos ante una colección que, si fueran pintura, calificaríamos como bodegones o naturalezas muertas. Aunque en las más antiguas aparece la sombra difusa de algún personaje, el resto, la mayoría, son imágenes de objetos inanimados: una hoja seca, una vela encendida, una mariposa clavada con una pluma, un carta del cinco de corazones enlazados con ramas y así hasta 40 versiones de ese mundo personal que Chema Madoz ha ido elaborando de una manera consciente, buscando la forma sutil de dar vida plástica a elementos de la naturaleza, ramas, maderas, piedras, objetos en fin, envueltos todos en un aura de frialdad creativa de la que, sin embargo, sobresale la maestría técnica de quien sabe investigar en los misterios de la luz y del encuadre para ofrecer el resultado de un elegante panel de imágenes.

            La exposición de Chema Madoz debería haber terminado ya, según las fechas anunciadas pero he podido comprobar que aún sigue abierta. Cuando concluya de manera definitiva, con ella se cancela un año más la presencia de Photo España en Cuenca, pero yo quiero dejar aquí constancia de ella siquiera para compensar simbólicamente el pavoroso silencio (habitual ya, por otro lado) de los medios de información locales, tanto los convencionales como los digitales. 

viernes, 6 de febrero de 2015

EL PRECIO DE LA CULTURA


            La Fundación CCM empieza el año con importantes novedades: cobrar por el uso de sus instalaciones. Las explicaciones son las de siempre: la rentabilidad de los espacios, no perder dinero, buscar la forma de subsistir, esos criterios que el miserable tiempo en que vivimos ha impuesto sobre todo lo que nos rodea, sea la Educación, la Sanidad, la Asistencia Social o la Cultura, sobre todo la desdichada y siempre maltratada Cultura. En este ambiente dolorido, cobrar por dar una conferencia en el salón del parque de San Julián o por montar una exposición en la sala del antiguo Hotel Iberia, parece cosa normal a los responsables de la antigua benemérita institución.
            Pero vayamos más allá de estos hechos concretos. La Fundación CCM nace cuando Caja Castilla-La Mancha (antiguamente Caja Provincial de Ahorros de Cuenca y Ciudad Real) es adquirida por Liberbank, con el compromiso, legal y estatutario, de que una parte considerable de los beneficios anuales iría destinada a la realización de la obra social y cultural encomendada a la Fundación. Es decir, como había sido siempre. Pero ese bonito principio parece haberse olvidado y, lo que es peor, no hay nadie, con fuerza legal, que lo quiera recordar para que se cumpla.
            Porque CCM y Liberbank y todos los bancos que hay en el mundo, incluidos los rescatados con fondos públicos, ganan dinero, tienen beneficios. Estos días iniciales del año, uno tras otro nos va calentando las orejas ofreciéndonos sus balances y las cuantiosas ganancias acumuladas. La pregunta es obvia: ¿dónde están, a dónde van a parar los beneficios de Liberbank y CCM y la parte alícuota que deberían destinar a financiar la Fundación? Porque la Caja estaba, ha estado presente, siempre, durante años, en multitud de iniciativas, desde poner bancos en los pueblos hasta financiar y patrocinar concursos, exposiciones, conciertos, competiciones deportivas y todo lo que se cruzaba por su camino. Desde luego, la Caja no cobraba por su colaboración. Esa es una novedad que nos traen estos tiempos revueltos y olvidadizos. Aunque quizá lo peor no es la forma abusiva en que Liberbank-CCM están llevando a la muerte a la Fundación CCM sino el desinterés de nuestras queridas autoridades, tan despreocupadas ellas. Porque la Caja nació desde y al amparo de la Diputación, creció con los dineros de los conquenses y así llegó, boyante, a las manos de la Junta de Comunidades que la controló como quiso hasta llevarla a la quiebra. Que ahora sea una entidad totalmente privada, sin participación institucional, no justifica que los entes públicos se desentiendan totalmente de ella, como si aquí no hubiera pasado nada.
            Por lo menos, habría que recordar sus obligaciones a la Fundación CCM. Que no todo es poner la mano para cobrar.



lunes, 10 de octubre de 2011

BREVEDAD PERO NO BUENA


Las cosas buenas, si breves, doblemente buenas, según aserto atribuido a Baltasar Gracián, uno de esos filósofos frandes llegado a menos, pues ya casi nadie lo lee. En realidad, lo que dijo, completo, fue: "Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aún lo melo, si poco, no tan malo". El caso es que todas las cosas son, como también dijo otro clásico de la misma época, según el color del cristal con que se mira. Veamos, si no, lo que ha pasado con el titulado Palacio de Otoño, surgido en Cuenca hace más o menos un año, precisamente en la anterior época de los chopos dorados y las ideas melancólicas alimentando espíritus soñadores. Surgió, vióse durante un tiempo ciertamente breve y se evaporó con la misma indiferencia con que llegó a este mundo. La entrada del palacio otoñal fue muy prometedora. Para empezar, una ubicación espléndida, la antigua casa señorial de los marqueses de Priego, remozada con buen gusto y elegancia, en el mismo corazón de la ciudad antigua, en la Plaza Mayor. Que en semejante sitio surgiera la idea de promover un ámbito cultural, artístico, creativo, novedoso, vinculado a las tecnologías de la modernidad, fue idea ambiciosa e incluso atrevida, llamada a dignificar un ámbito urbano sobre el que han venido a acumularse desdichas sin cuento, no siendo el ruido y el tráfico las menores de todas.
Apareció, pues, el prometedor Palacio de Otoño, con una espléndida exposición colectiva en homenaje a Julián Pacheco. Fue visto y no visto. Quienes fuimos un par de veces y quisimos volver, acompañando a amigos, nos dimos con las puertas (cerradas) en las narices. De la ilusionada e inocente asociación cultural que iba a gestionar el centro no queda ni rastro, como tampoco hubo señales del apoyo económico público que se iba a dar. Las citas anunciadas para después (Alfredo Tobía, Enrique Jaspe), los certámenes, los talleres, las actividades, todo se lo llevó el viento de la brevedad, que en este caso no fue nada bueno. Durante algunos meses, sobre la fachada del edificio siguieron luciendo las banderolas anunciadoras del invento. Luego, ya, ni eso. Bueno, sí, algo queda: la página web, porque lo que se cuelga en la red parece incombustible.