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lunes, 28 de noviembre de 2016

ASÍ NOS VEN DESDE FUERA


            Es magnífico, maravilloso, que venga gente a Cuenca, gente de fuera, observadores de lo que aquí pasa sin tener ningún compromiso con los intereses cotidianos que pululan por la ciudad. Por eso, tales personas pueden obras y expresarse con total liberad, sin las cortapisas que imponen el qué dirán, siempre vigente entre nosotros, coartando la difusión libre de nuestros pensamientos.
            Es reconfortante leer una de esas opiniones, donde tantos callan y otorgan. Nuria Vidal, periodista veterana, experta sobre todo en crítica cinematográfica, ha estado varios días en Cuenca, asistiendo a la Semana de Cine. A su regreso, no solo ha incorporado comentarios cinéfilos sino que ha añadido, en su blog personal, una nota muy esclarecedora, muy estimulante. Dice Nuria:
            “La primera vez que estuve en Cuenca tenía 18 años. Entonces el Museo de Arte Abstracto me impresionó casi tanto como las Casas Colgadas. Ahora, me ha decepcionado un poco. Creo que este tipo de pintura, importante por su valor documental e histórico, ha envejecido mal. Lo que no ha envejecido mal es la catedral de Cuenca. Una reciente limpieza de sus muros permite descubrir una arquitectura potente y de gran belleza. La catedral estaba tomada estos días por una exposición que reunía en un mismo saco la obra del artista chino Ai Wei Wei, Cervantes y los informalistas. Es una exposición un poco caótica con algunas piezas buenas, las que vienen del museo de arte abstracto y una instalación del artista chino francamente mala. La verdad es que no entiendo el entusiasmo que despierta Ai Wei Wei, un hombre que sabe venderse muy bien como víctima de la represión en la China actual, pero que en realidad, al menos por lo que yo conozco de él, no tiene gran cosa que ofrecer al margen de su ego inmenso. Y lo del ego lo digo porque la instalación de esta exposición consiste en una serie de “belenes” de su cautiverio que producen un cierto sonrojo”. 
            Sonrojo, añado yo, que no parecen en sentir en manera alguna todos los que han participado en el montaje de esta superchería.


viernes, 6 de febrero de 2015

LA IRONÍA VIENE CON EL MANCHAS


            Hasta el 28 de febrero puede verse en el Centro Cultural Aguirre la nueva muestra de Antonio Mancheño, El Manchas, una singular combinación de comic y pop art con reminiscencias de la cultura warholiana de los años 70. Jumping Jack & The Fridges ha titulado el artista esta colección de pinturas de gran formato, una explosión de color que inunda las habitualmente austeras salas del centro. Jumping Jack, explica el artista, es un hombre con una caja en la cabeza (en realidad, añade, el jardinero de Keith Richards), mientras que el segundo componente del título alude a la colección de neveras copiadas en las cocinas de sus amigos, que forma la otra parte de la colección.

            No hay que ser muy listo ni estrujarse demasiado el cerebro y los conocimientos que uno tiene de pintura para descubrir que Antonio Mancheño (nacido en Cuenca casi a la vez que el Museo de Arte Abstracto) es un artista singular entre nosotros, porque su forma de concebir el arte rompe los moldes tan trillados entre nosotros, donde impera, quizá en exceso, la influencia de las tendencias creativas que han ido formándose alrededor del museo. El Manchas no es nada abstracto, sino todo lo contrario, pero su trabajo, tan puntilloso como perfeccionista está cargado de simbolismos, de sugerencias, no exentas de ironías e interpretaciones abiertas que nos invitan a buscar más allá de la superficie trazada lo que hay en un fondo crítico, satírico, como si fueran todas las paredes una sucesión de viñetas de un gigantesco cómic que puede seguirse de corrido. Hay algo extraño en estos cuadros, algo inquietante, que parece insinuar la presencia inmanente de un mundo agobiado por esas cajas que cubren las cabezas de los personajes, como queriéndonos decir que todos, los espectadores también, estamos inmersos en un universo cuadriculado que no nos deja pensar libremente. Y eso que libertad, justamente libertad, había a manos llenas en la obra del gran Warhol y también en la de El Manchas, que nos llega de la mano de Carlos Codes, eficaz en su voluntad de ofrecernos encuentros visuales con los artistas que, pese a todos los pesares, siguen trabajando en Cuenca.