¡Ya llegó
la hora, al fin la van a terminar! decía, entre escéptico e ilusionado un
veterano paseante de la Plaza Mayor de Cuenca, mientras contemplaba el
despliegue de andamios cubriendo la fachada de la catedral. Por un momento,
quienes estaban cerca llegaron a compartir esa impresión e incluso comenzaron a
especular abiertamente sobre las circunstancias de lo que estaban viendo. No
faltó, como siempre sucede, la voz serena y rotunda que devuelve a los seres
humanos a la realidad de cada momento. Y de esa forma el sueño se desvaneció
tan rápidamente como había llegado. No, no están terminando la fachada de la
catedral (cosa que no se verá en esta generación ni en otras muchas de las que
vendrán detrás). Todo es mucho más sencillo, más prosaico. Hay, sí, un
despliegue de andamios, un gran tapiz metálico protegiendo el sector delantero
del edificio, obreros haciendo volantines por las alturas pero todo ello con
una finalidad concreta: reformar el trazado de los canalones que vierten las
aguas recogidas en la cubierta para dirigirlas hacia la parte lateral del
edificio, en la calle Obispo Valero y sustituir las gárgolas que se han ido
cayendo estos años, la última hace pocos días. Cuatro había y solo una queda
ahora en su sitio. Cuando terminen estas maniobras, volverán a estar las
cuatro, recompuestas y renovadas, marcando con su silenciosa presencia el
carácter medieval que corresponde al vetusto aunque hermoso templo
catedralicio. En cuanto a la fachada… como decía el obispo Guerra Campos, más
vale dejarla como está. Por si acaso es peor el remedio que la enfermedad
parecía querer insinuar el prelado aunque nunca lo dijo expresamente. Y es que
quizá haya que aceptar que a la catedral de Cuenca, esa imagen de obra
inconclusa provoca, sí, el desconcierto en el espectador, pero también le
proporciona una singular personalidad. Pues quien no se consuela es porque no
quiere.
José Luis Muñoz. Una visión permanente sobre las circunstancias de la vida cultural en Cuenca, comentada con espíritu comprensivo y un punto crítico. Literatura, arte, patrimonio, cuestiones cotidianas, a través de la mirada de un veterano periodista.
viernes, 28 de marzo de 2014
jueves, 27 de marzo de 2014
LUNA DE MIEL EN UÑA
En un
pequeño (y hermoso) pueblecito de la Serranía de Cuenca, bajo la protección de
una poderosa cadena de riscas y junto al rumor acariciador de una singular
laguna natural, Adolfo Suárez y Amparo Illana vivieron su luna de miel. Se
casaron el 15 de julio de 1961. Él era entonces jefe del gabinete técnico del
vicesecretario general del Movimiento, Fernando Herrero Tejedor, el hombre que
le fue ayudando a dar un paso tras otro en la escala de responsabilidades, unas
políticas y otras administrativas, y al que sucedió, cuando murió en 1975, como
ministro secretario general, el último que ocupó este puesto en vida de Franco,
cuyo organigrama desencuadernó a la muerte del dictador, para encabezar audazmente
la transición hacia la democracia. Pero en aquel lejano 1961, Adolfo Suárez era
una de las cabezas más jóvenes y, a la vez, más prometedoras, del sistema político
ensamblado por el régimen del caudillo y en él hizo amistad con un pintor ya
consagrado nacido en Cuenca, Luis Roibal, incardinado ya entonces en el pueblo
de Uña y que en esos momentos estaba a cargo del gabinete de estudios del
ministerio de Trabajo. Fue esa relación amistosa la que propició que la joven
pareja de recién casados hiciera una etapa en Cuenca, atraída por una ocasión
que resultaba entonces excepcional: una suelta de ciervos en la Serranía, donde
se estaba preparando el parque cinegético de El Hosquillo. Y de esta manera,
Adolfo y Amparo llegaron a Uña, todavía sin ninguna parafernalia oficial,
puesto que él aún ocupaba un puesto muy discreto dentro de la jerarquía del régimen
y se alojaron en la casa de Luis Roibal, en la plaza del pueblo. Al día
siguiente, como estaba previsto, se llevó a cabo la excursión por los montes
cercanos, acariciados por el tránsito siempre encantador del río Júcar, para
asistir en directo al espectáculo de la naturaleza en todo su esplendor, con el
retorno de los cérvidos a aquellos parajes que en tiempos históricos habían
sido suyos y que ahora se encontraban completamente desocupados de vida animal
salvaje, entonces en trance recuperación. La excursión por los parajes serranos
conquenses culminó con una caldereta de cordero. Al día siguiente, los recién
casados siguieron su viaje hacia Valencia para embarcar rumbo a la isla de
Ibiza y continuar así la luna de miel que habían iniciado en un recoleto y
amable rincón de la Serranía de Cuenca.
Autorizada la libre reproducción de este artículo citando su
origen y el autor.
martes, 25 de marzo de 2014
LA MUERTE EN DIRECTO
No es
frecuente que se nos anuncie, con algunos días de anticipación, la muerte de
alguien. Sobre todo teniendo en cuenta que, como es cosa sabida (y los poetas,
con Jorge Manrique en lugar prioritario se han encargado de repetirlo) que la
llegada de la poderosa señora se puede producir en cualquier momento, siempre
tan callando, sin advertir nunca por adelantado cual será el momento exacto, el
segundo preciso, en que se produzca el hecho dramático del tránsito desde el mundo
real al de las sombras. Lo sucedido con Adolfo Suárez, la advertencia familiar
de que estaba llegando su hora definitiva, tiene por ello algo de sorpresa, el
ingrediente de lo insólito, con el añadido morboso de lanzarse todos los medios
sobre el todavía no cadáver para analizar su vida y su obra como si ya
estuviera realmente muerto, provocando así algún tipo de desazón interior e
incluso una hipótesis casi imposible, aunque en realidad posible: podría haber
resistido, podría seguir sobreviviendo, vegetando, si se quiere, muchos más
días e incluso meses. Ejemplos hay de sobra en la antología de sucesos humanos,
situaciones de coma irreversible que al cabo de los años deriva en una
recuperación total o casos más cercanos, el de Michael Schumacher, por ejemplo,
por cuya salvación nadie daba un euro después del accidente y sin embargo, ahí
sigue, resistiendo, aunque ya no se hable de él ni de su estado de salud.
Finalmente, la muerte de Adolfo Suárez se ha producido con rapidez, limpieza y
elegancia. Nada que ver con aquella otra del caudillo Franco, cuyos médicos, en
un exceso de crueldad alentada por su yerno, prolongaron el sufrimiento durante
cuarenta días, buscando quizá una inaudita prolongación de la vida hasta el
infinito, en una sucesión de monótonos partes firmados por el equipo médico
habitual cuyo vacío contenido solo sirvió para ir diluyendo progresivamente el
interés popular y el espacio destinado al suceso en los periódicos, pues no es
posible mantener una noticia en primera página y posición destacada durante
cuarenta días. Mientras escribo estas líneas, miles de personas desfilan en el
ahora denostado Congreso de los diputados y por todas partes llueven sobre el
que fue presidente de este país los comentarios y los elogios. Los emiten
incluso quienes ayudaron a derribarlo, dentro de su partido y desde fuera. Así
es la naturaleza humana y no hay que sorprenderse de ello. Al final, como
suelen decir los chascarrillos de los clásicos, la historia pone a cada cual en
su sitio. El de Adolfo Suárez, parece evidente, va ser un espacio destacado, un
auténtico referente en la construcción de este país, cosa importante a valorar
en tiempos en que se acumulan quienes aspiran a destruirlo. Como recuerdo
final, del viejo archivo de Gaceta Conquense extraigo esta foto de José Luis Pinós en que se le ve en la que
fue una de sus últimas visitas a Cuenca, el 25 de enero de 1985, para
participar en una asamblea del CDS, con cuyo presidente provincial, Benedicto
Torre Teresa, se le ve en la imagen.
lunes, 24 de marzo de 2014
EL GRECO EN EL CINE TAMBIÉN
Los historiadores del arte Adolfo de Mingo Lorente y Palma Martínez-Burgos son los autores del libro El Greco en el cine, publicado por la editorial Celya y patrocinado por la Sociedad de Eventos Culturales El Greco 2014, creada a los efectos de promover los actos, incontables, que quieren conmemorar debidamente el centenario del artista greco-español. Se trata de una completa investigación de casi 340 páginas en donde ambos analizan las películas que han recogido la vida del pintor, su entorno en ciudades como Toledo y los modelos que inmortalizó. El libro, cuya portada consiste en una recreación fotográfica de Manuel Outumuro en donde el actor Juan Diego Botto aparece caracterizado como el Caballero de la mano en el pecho, profundiza tanto en los documentales como en las películas de ficción dedicadas al artista, que no son muchas, pero sí algunas de cierto interés, dirigidas por Luciano Salce (1966), Juan Guerrero Zamora (1976) y Yannis Smaragdis (2007), protagonizadas respectivamente por Mel Ferrer, José María Rodero y Nick Ashdon. También abordan el análisis de numerosos ejemplos en donde el Greco aparece recogido como personaje secundario, como La Dama del Armiño (Eusebio Fernández Ardavín, 1947) y Las gallinas de Cervantes (Alfredo Castellón, 1987). Asimismo, analizan algunos de los títulos en los que la obra del Greco adquiere una dimensión característica, bien en museos y colecciones, bien víctima de robos como el de Casi un caballero (José María Forqué, 1964), en el que tomaron parte algunos de los mejores actores del cine español del momento. Como dicen los autores, “en ninguno de estos casos es posible hablar de grandes películas, con mayúsculas. A menudo se trata de interpretaciones muy planas, con guiones poco trabajados y de escasa factura técnica, más interesadas en recrear las relaciones amorosas entre Jerónima de las Cuevas y el pintor que en mostrar sus procesos creativos». Lo cual no es ninguna novedad, porque si algo caracteriza al cine español (o sobre españoles) es el pésimo tratamiento e interés que ofrecen los relatos fílmicos sobre cuestiones históricas que tengan que ver con nosotros.
CÉSAR SIEMPRE EN CANDELERO
No es fácil ser un escritor muerto y seguir estando en candelero. Tal cosa sucede solo con los grandes nombres, capaces de seguir siendo actuales de manera permanente, pero a esa nómina pertenecen muy pocos, a los que se adjudica, con razón, el título de “inmortales”, con Cervantes a la cabeza y sólo algunos más. En el otro índice se encuentran cientos, miles, incontables nombres de los que nadie se acuerda y solo algunos de ellos, muy pocos (García Lorca, Machado, Juan Ramón) reaparecen de manera periódica con algún motivo, personal o literario, mientras que otros, la mayoría permanecen en el olvido secular, reducidos apenas a una mención, una línea o dos, en las historias literarias. Y eso incluye a autores que, en su momento, ocuparon páginas y espacios constantes. ¿Recuerdan, por ejemplo, a Camilo José Cela? Es, quizá, el caso más espectacular de alguien que ha sido borrado de la memoria colectiva.
César
González-Ruano se encuentra en el extremo contrario, envuelto en un aura
permanente de actualidad, que lo extrae periódicamente de la silenciosa tumba
en que descansa para volver a ponerlo en el primer plano de la curiosidad, el
análisis, la polémica. Ciertamente, su vida, una personalidad ambivalente,
difusa en sus líneas, apasionante y contradictoria, ofrece suficientes aristas
para el atractivo; más aún, para el morboso acercamiento a quien fue,
voluntaria o inconscientemente, motivo de curiosidad para el gran público.
Estamos ante el que, con toda probabilidad, es el gran articulista de la
posguerra española y en ese género, el del artículo periodístico, alcanzó la
cima de la expresión literaria, que se concreta en el arte de hacer, en apenas
un folio o cincuenta líneas, una obra de arte. Los artículos de César son de
una maestría expresiva en la que el lenguaje muestra en toda su generosidad
cómo es posible acariciarlo para extraer de él sensaciones y matices al alcance
de muy pocos escritores.
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UN DÍA PARA LA POESÍA
En
realidad, todos los días son buenos para la poesía, seguramente el más antiguo,
perdurable y duradero género creativo de cuantos han existido en el mundo desde
que el ser humano aprendió a hablar, escribir y comunicar sentimientos. No
importa si estamos inmersos en una crisis o en plena vorágine económica, da lo
mismo tener dinero, salud o buenos amores, que lo contrario, pues tanto desde
el más desaforado optimismo como desde la tristeza infinita cualquiera puede
expresarse poéticamente, por lo general en verso, aunque también la prosa sirve
a estos fines. Vivimos inmersos en poesía, incluso sin saberlo. Seguramente lo
ignoran quienes braman desaforados en un campo de fútbol, o quienes apedrean al
prójimo en cualquier campo de batalla urbano, o si están enfrascados en el
bonito entretenimiento de agujerear ruedas de coches o aplastar sus
retrovisores, o cualquiera de los otros infinitos desbarajustes que se pueden
inventar al socaire del ocio. Pues a pesar de eso, y de más cosas que no digo
por abreviar el relato, la poesía subyace en torno a todo ello. Será poesía
lírica, del desarraigo, del inconformismo, de la esperanza, mística,
apologética, incluso política, quizá, pero hay poesía y siempre aparece alguien
dispuesto a desarrollarla. Por eso, este 21 de marzo, Día Internacional de la
Poesía, acontecimiento que no abrió ningún telediario ni suscitó los clamores
enardecidos de la masa social circulante, un grupo de personas, niños
incluidos, se dio cita en la cueva baja del Coto de San Juan, en la Plaza
Mayor, para leer poesía (y tomar un chato o caña, de paso), rindiendo culto al
viejo, pero nunca añejo proceso mediante el cual la palabra se transforma en
elemento conductor de la belleza y el sentimiento. Allí estaban, flotando en el
espacio, Caliope, Erato, Euterpe e incluso Polimnia, por más que era un
cónclave seglar nada proclive a las declaraciones integristas, enemigas de la
libertad, campo de acción en el que germina, crece y se desarrolla al Ars
Poetica. En verso debería escribirse este comentario, pero la habilidad del
autor no da para tanto. Dejémoslo así, en prosa castiza castellana, desde la
que con reverencia rindo pleitesía a tantas hermosas palabras habilidosamente
engarzadas en versos de amable resonancia íntima.
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