Hace un par de años, más o menos, comentando en este blog la última exposición de Tete Manzanet en Alicante terminaba diciendo que ojalá tras ese periplo levantino la muestra llegara a Cuenca. No ha sido así ni creo que lo sea ya: Tete ha muerto, a los 84 años de edad y con ese tránsito del ser y estar al no serlo concluyen definitivamente las posibilidades de poder contemplar una obra tan firme y densa como original. Segundo García López nació en Cuenca y se afincó profesionalmente en Alicante, desarrollando su vida entre esos dos ejes, uno sentimental, el otro laboral y familiar. Dotado de manera natural para el ejercicio del dibujo y la pintura, decidió aplicar esa sabiduría a la docencia y no a la práctica, aunque sus amigos siempre tuvieron a mano alguna plumilla, algún boceto pergeñado en dos trazos, como quien no quiere la cosa, pero la gente, el público, salvo los pocos que pudieran ver una primeriza exposición juvenil desconocían el estilo y las tendencia de un artista oculto. Es claro que cada ser humano está en su derecho de elegir las opciones que mejor le convengan y Tete se dedicó a la enseñanza, no solo de la técnica sino también de la historia y en ello invirtió su vida, además de ocupar cargos directivos en los institutos en que estuvo, asistir con su inmensa sabiduría a entidades culturales (el Centro Eusebio Sempere de Comunicación Visual, la Colección de Arte Siglo XX del Museo la Asegurada) e incluso de realizar una leve incursión política, como presidente del PSOE alicantino. Esa era la vida que Tete Manzanet había ido realizando cuando en 2003, según propia confesión
“decidió reorientar su vida” para entrar, con todas las consecuencias, en ese
mundo del que había estado alejado, preparando con ilusión juvenil una primera exposición que, tras ser contemplada en Alicante, vino a Cuencaen el otoño de 2008. Fue en el Centro Cultural Aguirre y en ella el
artista mostraba la cálida firmeza de quien era, en verdad, un veterano en la expresión
pictórica, sin que faltara la inspiración que el profesor buscó en sus modelos más admirados: Piero Della Francesca,
Mantenga, Filippo Lippi, Holbein, Verrocchio, Vermeer, Tintoretto, es decir,
una época tan clásica como revolucionaria fue en lo que tuvo de apertura hacia la modernidad. Tete se ha ido y con estas palabras despido no solo al artista sino también al hombre y su bondad generosa, que pude experimentar cálidamente aquellos días de exposición en Cuenca.
José Luis Muñoz. Una visión permanente sobre las circunstancias de la vida cultural en Cuenca, comentada con espíritu comprensivo y un punto crítico. Literatura, arte, patrimonio, cuestiones cotidianas, a través de la mirada de un veterano periodista.
domingo, 5 de octubre de 2014
jueves, 25 de septiembre de 2014
LA VACA ES INOCENTE
Es viejo el
tema, el debate, la discrepancia entre cantidad y calidad. Muchas bromas (y
también comentarios ingeniosos) se han hecho a cuenta de ese dilema,
aplicándolo a las habilidades sexuales del género masculino. No puedo evitar
caer en ese tópico cuando oigo a los voces municipales conquenses mostrar su
enorme satisfacción por las multitudes (20.000 personas, dicen, los muy
insensatos, sin detenerse a medir la superficie del espacio ni el necesario
ocupado por cada ser humano) aglomeradas estos días a cuenta de la vaquilla de
San Mateo. A eso, parece, se reduce la cuestión: a que haya mucha gente.
Acostumbrados como están a medirlo todo en votos, o sea, en números, no
entienden los matices, a veces sutiles, que deberían aplicarse a las cosas
humanas y más aún si se trata de comportamientos sociales, mensurables no en
cifras, sino en cualidades.
Porque en
ese balance triunfal y triunfalista, tan satisfactorio, no se dice nada de lo
demás que acompaña a la fiesta, que en tiempos fue popular, amable, divertida y
participativa y hoy es lo que es. No se dice nada de la ingente cantidad de
porquería acumulada en las calles, ni de la exhibición de borracheras juveniles
(recordemos las normas dictadas por el mismo municipio sobre el consumo de
alcohol en la vía pública), ni del pésimo gusto patente en unos comportamientos
que no tienen mucho de ejemplares, ni, en definitiva, del gravísimo deterioro
producido en este maltratado casco antiguo de Cuenca, víctima inocente de un
despropósito tras otro, sin que haya una explícita reacción social colectiva ni
menos aún, creo yo, conciencia en los propios regidores sobre lo que están
haciendo (o dejando hacer, que aún es peor) con la desgraciada ciudad.
La
demagogia manda ante la necesidad, inherente a todo político, de satisfacer las
exigencias populares, cualesquiera que sean, sin aplicarles ningún tipo de
control, corrección o cualquier mecanismo que pudiera reconducir los desmanes
hacia el sentido común, la elegancia, la belleza, el respeto y todo aquello que
aprendimos en la escuela en años tan lejanos como olvidadas son esas virtudes
sociales.
Esta
hubiera sido una buena ocasión para que quienes tienen que decidir sobre la
petición temeraria de que la fiesta reciba una declaración especial de valores
turísticos vinieran a ver lo que realmente pasa, no en la fiesta en sí mismo
(la pobre vaquilla no tiene la culpa) sino en su degradado entorno. Los
turistas que había aquí esos días (conocí a dos de ellos) simplemente estaban
desconcertados y deseando salir huyendo de una ciudad incómoda e ingrata, con
los museos cerrados, las calles taponadas y malolientes, con vómitos y
porquería por todos los rincones. Buenos méritos para recibir una declaración
de interés turístico.
Claro que
también los criminales partidarios del toro de la Vega pretenden conseguir ser
incluidos en la lista del Patrimonio Mundial. Igual lo consiguen y allí nos
veremos todos.
LOS CANDADOS DEL AMOR EN SAN PABLO
Probablemente
todo el mundo sabe lo que es un candado, ese artilugio ciertamente ingenioso,
de variables dimensiones, que sirve lo mismo para cerrar una maleta, un portón
sin cerradura, una tapia alambrada o la taquilla de un vestuario. Pese a su
utilidad, se trata de un invento relativamente moderno, pues fue a finales del
siglo XVII cuando lo inventó un sujeto escandinavo llamado Federico Javier
Pitton, que poseía una fábrica de materiales metálicos en la que elaboraba
productos varios, a los que unió el candado, bien distinto de los modelos que
hoy conocemos. Pero claro, no es cosa de hacer aquí una docta historia sino
comentar la curiosa utilidad que los jóvenes del siglo XXI le han encontrado y
que ya se encuentra presente en Cuenca, en el más emblemático de nuestros
puentes, el de San Pablo.
Por algún
motivo misterioso, los enamorados gustan de proclamar a los cuatro vientos la
etérea situación anímica en que se encuentran. Nadie quiere llevar el
enamoramiento en la intimidad, sino que es conveniente lanzarlo al conocimiento
general para que todo el mundo pueda compartir tan placenteras sensaciones que,
en el inicio embobado quieren que dure toda la eternidad. Un método histórico
fue el de grabar nombres o iniciales en las cortezas de los árboles, en muchos
casos con la compañía de un bonito corazón. Luego aparecieron los graffitis
embadurnando tapias y paredes. Hay quienes prefieren elaborar llamativas
pancartas, sobre todo si se trata de anunciar la próxima boda y la cuelgan
donde pueden. Los métodos y variedades son diversos, según la capacidad
imaginativa de cada cual.
La moda,
ahora, es colocar candados en los puentes. Que lo hagan los naturales del lugar
entra dentro de la normalidad, pero ¿y los turistas? Me imagino a esas jóvenes
parejas de enamorados transportando en la mochila o la maleta el candado que
van a anudar a las barandillas del puente de San Pablo y, lo que es más
llamativo, junto con un taladro mecánico, puesto que muchos de ellos precisan
de hacer un agujero previo. Cosa tan prosaica para un objetivo tan poético es
realmente original.
Parece que
debe adjudicarse al escritor romántico Federico Moccia (al que ni he leído ni
tengo intención de hacerlo) el invento de la costumbre, al hacer que dos de sus
protagonistas en la novela Tengo ganas de
ti (también llevada al cine) engancharan un candado a una farola del puente
Milvio, en Roma, como símbolo de su eterno amor. La idea se ha multiplicado
como una plaga, ya digo, y por todas partes, donde quiera que haya puentes, se
anudan cientos, miles de candados, empeñados en proclamar la vigencia de esa
cosa tan antigua y decadente que es el amor.
Cuenca tiene
uno de los puentes más espectaculares y, por ello, atractivos para que en sus
elementos de hierro se coloquen candados; algunos prefieren un espacio aislado,
para que su candado esté en solitario, pero otros no tienen inconveniente en
irlos acumulando hasta formar un llamativo rosario que hacen ahora del puente
de San Pablo, centenario ya, maravilloso siempre, desafío etéreo a la
volatilidad de la hoz del Huécar por donde el aire limpio tremola sobre los
chopos, un grandioso símbolo de esta ciudad.
En París,
por lo que he leído, están muy preocupados porque en algunos de sus puentes es
tal el peso acumulado que pone en peligro su resistencia. No creo que en Cuenca
llegue la sangre al río; el puente de San Pablo, que ha sorteado no pocos
riesgos y ventoleras, aún puede recibir bastantes candados más, para placer de
las parejas que hasta aquí llegan y desconcierto de quienes, como siempre,
mueven la cabeza no entendiendo lo que está pasando. Y así, sencillamente, el
puente es ahora también un símbolo concreto del amor.
Solo una
cosa me tiene mosqueado. El rito dice que los enamorados, una vez colocado el candado
y tenerlo bien cerrado, deben arrojar la llave lejos, para que nadie la
encuentre y pueda abrirlo. Pero no veo por ningún sitio las llaves de esos
candados. Si alguno se las lleva en el bolsillo eso es trampa, porque luego
puede regresar y romper así el hechizo amoroso, formalizado, ay, con voluntad
de eterna duración.
miércoles, 10 de septiembre de 2014
JOSEF ALBERS EN EL MUSEO DE ARTE ABSTRACTO
Aún quedan
unos cuantos días (no muchos, hasta el 5 de octubre), menos aún descontados los
que corresponden a la insumisión social que suele acompañar a las corridas de
vaquilla, para poder disfrutar en el Museo de Arte Abstracto de Cuenca de la
espléndida colección dedicada a Josef Alberts, calificada en el momento
inaugural como el resultado de una obra pausada, estudiada al milímetro en cada
paso del grabado, repleta de pruebas de color y, sobre todo, metódica.
La
exposición, como es natural, ocupa la planta baja del edificio, la dedicada a
las muestras temporales, ese espacio íntimo que siempre resulta acogedor, en el
que el visitante se siente perfectamente a gusto, por lo común sin agobios de
otras personas dispuestas a pelear por un hueco para ver apenas durante unos
segundos el objeto de sus miradas. Aunque los tópicos suelen ser siempre
arriesgados, en este caso es correcto decir, como en alguna ocasión se ha
hecho, que estar ahí, ante la obra de Albers, es como entrar en su propio
taller, conocer sus vivencias y sensaciones, seguir paso a paso la evolución de
su trabajo. Un viaje al interior del taller del artista, se dijo, y es cierto.
Josef
Alberts (1888-1976) era, por lo que nos cuentan los especialistas y estudiosos
de su obra, extraordinariamente minucioso en la elaboración de sus trabajos.
Nada de seguir ese impulso creativo espontáneo, casi brutal, que deriva en un
impacto visual. Por el contrario, nos cuentan, trabajaba con absoluta
dedicación antes de acometer el proceso real de construcción, estudiando los
múltiples aspectos y caminos por los que podría orientar el desarrollo efectivo
de la obra de un genio que no cree en la improvisación (tampoco en la
inspiración), sino en el trabajo. Por eso en esta exposición tienen tanto
interés los bocetos que nos permiten aprehender las distintas etapas de ese
proceso creativo, incluyendo las dudas ante las que se enfrenta el creador
hasta decidirse por una opción concreta. Eso queda patente en las 103 piezas que
vienen a ser como el escaparate donde se refleja la intimidad de un artista, en
ocasiones en severos tonos blancos y negros, otros dejándose llevar por la
exuberancia del color.
Lo dicho:
quedan pocos días para disfrutar de esta maravilla y deberían aprovecharse.
lunes, 8 de septiembre de 2014
NOTICIA DE LEÓN LÓPEZ Y ESPILA
Del fondo
del cajón donde descansan tantos misterios literarios (de otro tipo también,
pero aquí nos interesa ese sector de la Cultura), José Antonio Silva ha
rescatado, con la minuciosa precisión que caracteriza su trabajo, una figura
sorprendente, apenas conocida en su tierra natal, Cuenca, aunque ha merecido la
atención de varios estudiosos de la única obra de León López y Espila (San
Clemente, 1799), un texto sorprendente que responde al título alambicado de Los cristianos de Calomarde y el renegado por
fuerza, publicado por primera vez en 1835.
Se trata de
un libro de memorias personales y, por tanto, autobiográfico. El propio autor
enfatiza que no ha pretendido llevar a cabo ninguna invención fantasiosa de
corte literario sino exponer lisa y llanamente sus propias experiencias, a
través de una serie de acontecimientos que tienen más de novela de aventuras
que de cualquier otra cosa, como quizá corresponde a la turbulenta España que
le tocó vivir. López y Espila era, como dice Silva “un apacible rentista”
manchego, que vivía en su villa natal entregado a las actividades económicas
propias de un rico hacendado del campo, sin mostrar otro tipo de preocupaciones
hasta que surgió ante él, como en tantísimos otros casos, la necesidad de
elegir una opción política y se inclinó por la vía constitucional. Por donde
quiera que nos acerquemos a la permanente convulsión que nos azota desde hace
dos siglos encontraremos siempre una de las dos Españas intentando helar el
corazón de la otra mitad. El regreso de Fernando VII al país, tras la guerra de
la Independencia, eliminó la breve Constitución de 1812 sustituida por el
gobierno personalista, absoluto, del rey y sus amigos, oscuro periodo
interrumpido a su vez, brevemente, por el Trienio Liberal (1820-1823) que durante
tan corto espacio de tiempo intentó recuperar la vía constitucionalista que el
propio monarca juró asumir de buen grado. Iluso sueño, frustrado no solo
rápidamente, sino también con total ferocidad. La reacción cayó de bruces sobre
quienes, como López y Espila, se manifestó a favor del sistema por lo que, a la
caída de éste, fue víctima de la conveniente represión que le llevó primero a
la huida a Granada y posteriormente a Marruecos y Francia. Este es el periplo,
ciertamente aventurero, angustioso en muchas ocasiones, que relata en su obra y
en la que, junto a la narración de sus experiencias y desventuras, incorpora
observaciones del máximo interés sobre la forma de vida los marroquíes pero
también sobre las circunstancias políticas y religiosas en que se desenvolvía
el siempre complejo país español, lo que explica el alambicado título,
seguramente incomprensible para nosotros, pero con las necesarias claves
explícitas para el lector de su tiempo.
El texto se
acompaña de un expresivo estudio introductorio de José Antonio Silva, en que
con suma claridad sitúa la época, los acontecimientos y los datos necesarios
para aprehender las circunstancias del momento, antes de dar paso a la obra de
López y Espila, cuya lectura es sumamente cómoda y agradable. Se trata, pues,
de una recuperación verdaderamente valiosa que pone en primera línea de interés
la figura de un ciudadano conquense maltratado por la realidad política pero
que dio el paso de contar su experiencia y dejarla plasmada en letras impresas.
Para valorar debidamente la importancia de esta recuperación, basta señalar que
en el voluminoso, exhaustivo y detallista Diccionario
biográfico del Trienio Liberal, dirigido por Alberto Gil Novales (Madrid,
1991), entre miles de menciones, no aparece el nombre de López y Espila, a
quien corresponde, desde luego, un lugar notable entre los españoles que
asumieron, en momentos difíciles, la defensa de los valores constitucionales.
LOS CRISTIANOS DE CALOMARDE Y EL RENEGADO POR FUERZA
León López y Espila. Estudio de José Antonio Silva Herranz.
Cuenca, 2014. Diputación Provincial
martes, 2 de septiembre de 2014
EL MUSEO QUE CUENCA NO TIENE
Con el lógico y necesario
interés leo las noticias municipales que adelantan el desbloqueo de las
gestiones para reanudar las obras de reconstrucción y remodelación de la Casa
del Corregidor, una de esas empresas prioritarias desde hace décadas y siempre
en situación de stand by, acompañada de periódicas declaraciones sobre la próxima
ejecución real de los trabajos. Parece –toquemos madera, por si acaso- que
ahora las cosas van en serio en cuanto que hay disponibilidad económica,
acuerdos entre instituciones (esa rara avis que nos está conduciendo a
situaciones esperpénticas) y plazos comprometidos.
Todo parece
ir viento en popa, a vela moderada, pero suficiente para que el proceso vaya
adelante. Sin embargo, en este largo caminar, en el que intervienen muchas
manos y se producen algunos olvidos, surge uno de ellos que motiva este
comentario. Porque en las recientes declaraciones de la concejala de Cultura y
portavoz del equipo de gobierno municipal, al hablar del destino futuro del
edificio, una vez restaurado, menciona su destino principal, el de Archivo
Municipal para el que fue concebida y diseñada esta obra de restauración, a la
que se acompaña ahora la afirmación de situar ahí las oficinas del Consorcio
Ciudad de Cuenca, cosa nueva y no contemplada en el plan inicial. Sin discutir
esta atribución (pese a que podría ser discutida, naturalmente) sí prefiero
aludir a otra cuestión que ahora parece olvidada: el Museo de Historia de la
Ciudad, que sí se mencionaba expresamente en el procedimiento original y que
ahora, por razones que ignoro, ha desaparecido sin motivos pese a que sigue
siendo totalmente necesario una instalación de ese tipo.
Siempre he
pensado (con motivos suficientes) que los concejales de las últimas hornadas se
han distinguido por mostrar de manera reiterada un profundo desconocimiento de
la historia de esta ciudad y especialmente de la enorme riqueza, complejidad y
variedad de los elementos que son propiedad del Ayuntamiento y que permanecen
rigurosamente guardados en el más absoluto desconocimiento. Cualquier ciudad
que se precie (y las hay a docenas) tiene abierto un Museo de su propia
Historia que suele tener un amplio interés para los visitantes pero, sobre
todo, es una lección permanente para que los propios ciudadanos, adultos y
jóvenes, sepan dónde vivimos, de dónde venimos y cuáles son los elementos básicos
que componen la esencia de la ciudad. Eso, en Cuenca, se ve complementado por
la ingente cantidad de documentos y objetos que podrían formar parte de esa
exposición permanente y aleccionadora.
El Museo de
Historia de la Ciudad es complemento adecuado y necesario del Archivo
Municipal. Y si el actual Ayuntamiento lo ignora, lo único que se hace es
prolongar la solución del caso, para que otra corporación más sensible caiga en
la cuenta de la conveniencia de instalar tal Museo, aunque sea en otro local y no
en el que debe ocupar por naturaleza, que no es otro que la Casa del
Corregidor.
VOLVIERON LOS GIGANTES A LA PLAZA MAYOR
Toda una
generación ha crecido sin conocer la imagen de Gigantes y Cabezudos danzando
por la Plaza Mayor de Cuenca. Ni los más viejos del lugar recuerdan cuándo fue
la última vez que sucedió tal cosa, pero sí que los niños han ido creciendo sin
conocer semejante espectáculo. Pocos niños había este sábado festivo para
quedar asombrados (algunos, también, con un poco de miedo en el cuerpo) ante la
visión de esas figuras desproporcionadas, bien por el desmesurado tamaño de sus
cuerpos o por las abrumadoras cabezas sobre unos pies diminutos. Había, en
cambio, bastantes turistas un tanto mañaneros, desconcertados por lo
inesperado, la llegada sorpresiva de las dos parejas de reyes, cristianos unos,
musulmanes los otros, emparejados en el lento y elegante caminar, sin
enfrentarse con violencia y sin que ninguno decida degollar al de al lado, como
por desgracia a veces ocurre en la realidad de los humanos.
Han vuelto
los gigantes y los cabezudos al casco antiguo de Cuenca, su ámbito natural,
donde surgieron, nadie sabe cuándo. La tradición de estas figuras se remonta a
la Edad Media y, al parecer, cobraron forma inicialmente en el antiguo reino de
Navarra, pasando luego a Cataluña y de ahí fueron tomando carta de naturaleza en
Castilla, hasta arraigar también en la América hispana, donde tantas cosas de
por aquí han ido creciendo y, quizá, manteniéndose con más fuerza que en el
origen. Del significado de los gigantes y cabezudos en Cuenca quien más sabe es
José Luis Lucas Aledón, que ha dedicado al tema muy bonitos y creativos
trabajos, llenos de imaginación y poesía, como en él es habitual. Pues está
claro que con estas figuras, tan estrambóticas y, sin embargo, cercanas,
amistosas, que invitan a transitar por un mundo de fantasía, todas las
maravillas son posibles.
Estos
gigantes y cabezudos, de parsimonioso caminar al son de la dulzaina y el
tamboril de los chicos de Tiruraina no se entretienen en perseguir, menos aún
azotar, a los espectadores de su paso, quizá porque son conscientes de que a
estas alturas del mundo abundan las suspicacias y escasea el sentido del humor,
de manera que por menos que te doy un escobazo alguien se puede mosquear
innecesariamente. Una bonita danza en la Anteplaza, otra ante la catedral y
luego calle de San Pedro arriba, van los gigantes y los cabezudos de Cuenca
recreando la magia de un tiempo ido que solo reverdece al compás de las fiestas
patronales. Y no es poco, cabría decir, porque estas son las cosas valiosas que
una ciudad desconcertante como la nuestra puede olvidar en cualquier momento.
Hasta que alguien las recuerda y recupera. Como esta presencia ancestral de los
gigantes y cabezudos en el corazón de la ciudad.
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