viernes, 25 de noviembre de 2016

LIBROS GRÁFICOS Y OTRAS EXQUISITECES



            Desde hace unos días (y para bastante tiempo por delante) hay montada una curiosa y valiosa (valga el pareado) exposición cuyo título es más que simbólico, real y efectivo. De Gráfica y Libros la han titulado sus promotores, a la vez que comisarios de la muestra, dos artistas y un escritor, a saber, Miguel Ángel Moset, Perico Simón y José Ángel García, amparados bajo el paraguas protector de la Real Academia Conquense de Artes y Letras, insistente en ese empeño utópico tanto como atrevido de aportar a esta ciudad un toque de sensibilidad, cultura y progreso, todo a la vez y a pesar de los pesares.
            La exposición tiene un punto nostálgico, como corresponde a todo aquello que hace referencia a algo que fue y no existe. En la hoja informativa disponible a la entrada de la sala que posee el Museo de Cuenca, en la calle Princesa Zaida, frente al hotel Torremangana, se dice de manera expresiva: “Desde los años sesenta del pasado siglo –especialmente tras la apertura en 1966 del Museo de Arte Abstracto) la edición tanto de libros de artista como de carpetas de obra gráfica, portfolios y publicaciones donde plástica literatura se aúnan en estrecha alianza en ediciones limitadas y numeradas que prestan una especial atención a su realización formal ha sido constante en Cuenca y ha alcanzado unas cotas tanto de cantidad como de calidad y continuidad como en muy poco otros puntos del mapa editorial de nuestro país”.
            Eso fue así (de ahí la nostalgia implícita en este comentario) y algo sigue siendo, pero no, desde luego, con la pujanza y variedad que hubo en aquella época, donde brilló la inquietud, la creatividad, el impulso creativo, la originalidad, en fin, tantos de esos valores que en ocasiones lamentamos haber perdido o quizá, solamente, se han apagado. Impresiona tanto como conmueve encontrar en esas paredes y vitrinas nombres que, puestos así, en fila, abruman por su poder de atracción y que nos sitúan ante un panorama abrumador. Ciertamente, y eso no se puede obviar, este tipo de trabajos tienen un sentido claramente minoritario, entre otros motivos porque su adquisición queda limitada a muy pocos con capacidad económica suficiente, pero esta valoración crematística no tiene nada que ver con el sentido verdaderamente trascendente del trabajo realizado por tanta gente a lo largo de casi medio siglo. Y que viene a ser un punto de gloria, si se me permite este toque de exaltación localista, para esta sufridora ciudad, en cuya historia interna se acumulan no pocos pesares y centenares de gestos incomprendidos.
            Por eso está bien que a esta ciudad se le diga y se le muestre esta parcela de actividad, silenciosamente realizada por un amplísimo grupo de artistas y escritores, repartidos a medias entre locales y visitantes, hermanados amistosamente en el empeño común de hacer cosas que merecen la pena mostrar y conservar.
            Por cierto, y por aquello de poner siempre una pega, he echado en falta una mención, en algún sitio, a Manuel Osuna, el director del Museo de Cuenca que puso en marcha el taller de grabado e impulsó el aprendizaje de quienes no sabían nada de esa técnica y los primeros trabajos realizados.
            Hasta el 15 de enero puede uno recrearse con estas exquisiteces del arte y la literatura.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

HAY VIDA MÁS ALLÁ DE LA SEMANA SANTA


Hay vida más allá de la Semana Santa de Cuenca. Ya se que esta afirmación, dicha así, de manera tajante, desconcertará a algunos y quizá incluso (antecedentes hay) provoque alguna reacción sulfurada, porque hay, en esta ciudad, no pocas personas convencidas de lo contrario, o sea, de que sólo existe la Semana Santa de Cuenca y que en torno a ella gira cuanto aquí sucede, como única óptica que aplicar al entorno vital ciudadano.
Se me ocurre semejante reflexión (que, por otra parte, viene de muy atrás) al encontrar en el digital Voces de Cuenca la noticia de la muerte de Dimas Pérez Ramírez, ocurrida el pasado lunes. La información se encabeza con esa noticia, acompañada de la frase “pregonero de la Semana Santa de Cuenca en 1990”. A eso se reduce y así se simplifica la vida del fallecido. No importa su oficio dilatado en el tiempo como archivero diocesano, su dedicación a poner orden y catalogar los infinitos legajos desperdigados que heredó, la manera fructífera en que fue desgranando papeles y poniéndolos a la luz pública, la forma en que facilitó el trabajo a otros investigadores, su incansable tarea  difusora, pronunciando cientos de conferencia, publicando artículos, folletos y libros, sobre la Inquisición, la brujería, el culto diocesano, el arte o su Tarancón natal y tampoco se valora para nada su aplicación docente. Todo ello queda subrogado, en el texto informativo, al hecho, anecdótico, de que fue pregonero de la Semana Santa, como si  no hubiera hecho ninguna otra cosa en la vida. Luego sí, en el texto, se comentan algunos de esos factores, pero yo aquí llamo la atención al titular que, de entre una fecunda y variada biografía, elige como dato representativo ese que estoy citando.
Hace ya algún tiempo que algunas voces, tímidas, prudentes, para no enfadar a nadie, vienen señalando la conveniencia de que esta ciudad se libere de la presión que la estructura de la Semana Santa viene ejerciendo sobre el conjunto de la ciudadanía, como si no hubiera otra cosa a la que referirnos ni que pudiera representar un impulso para movilizar el apagado estilo de vida que va impregnando la cotidianeidad conquense. Debería haber más voces uniéndose a ellas hasta formar un coro armónico que se pueda dejar oír y sirva para cambiar la trayectoria de un rumbo que solo conduce a un horizonte cerrado sobre sí mismo.

Hay vida más allá de la Semana Santa. Como hay, en la figura del fallecido Dimas Pérez Ramírez, una densa biografía personal y profesional, con datos suficientes para ilustrarla y que le sirve, ahora, en el momento del tránsito vital, para irse acompañado del respeto, el afecto y la consideración que supo ganarse en vida. Y que le llevó al seno de la Real Academia Conquense de Artes y Letras, de la que fue uno de sus fundadores y por eso traigo aquí esta imagen, compartiendo mesa y tertulia con Carlos de la Rica.

jueves, 3 de noviembre de 2016

CUENCA VISTA POR LOS ARTISTAS


Lo que hace el Museo de Cuenca estas semanas (me parece que ésta es la última, o poco más) es una labor profiláctica de enorme importancia. Remover los anaqueles secretos, donde se guardan tesoros ocultos, para sacarlos a la luz y exponerlos públicamente es verdaderamente una acción muy meritoria, digna de aplauso y, desde luego, de que la ciudadanía acuda con auténtica devoción a explorar el resultado de esa búsqueda. No se si el apático colectivo conquense ha respondido satisfactoriamente a la incitación del Museo pero sin duda que quienes lo hayan hecho habrán encontrado repetidas ocasiones para el disfrute.
En la sala de exposiciones temporales que el Museo tiene abierta desde hace unos meses en la calle Princesa Zaida se exponen cuadros conservados en los almacenes y que tienen como motivo único la ciudad de Cuenca. En las firmas hay muchos nombres conocidos y otros menos, pero también meritorios: Jaime Serra (uno de los grandes desconocidos u olvidados del arte hecho en Cuenca), José Luis Brieba, Alfonso Cabañas, Miguel Zapata, Julia Alcón, Cirilo Martínez Novillo, Julián Carboneras, Luis Muro (cuando se firmaba todavía como Martínez), Dimitri Perdikidis, José Lapayese del Río, Lorenzo Goñi, Álvaro Delgado y alguno más que, sin duda, se me escapa entre los intersticios de la memoria. Para todos, el tema único es Cuenca, con predominio de aspectos urbanos pero también de paisajes, siempre socorridos, con las hoces y su vegetación como elemento esencial.
Esos cuadros son propiedad del Ayuntamiento de Cuenca, que los entregó en depósito al Museo ad calendas grecas en tanto se formalizaban las gestiones para formar el propio Museo Municipal de Artes Plásticas, asunto que jamás pasó de una benevolente declaración de intenciones y que a estas alturas duerme plácidamente en el oscuro cajón donde se refugian tantos buenos propósitos municipales.
Lamento aparte, es muy aleccionador pasear por los espacios de la sala de exposiciones y sentirse acariciado por estas visiones de Cuenca, tan diferentes unas de otras, la mayoría en el terreno de lo figurativo pero también alguna bordeando la abstracción, que tan bien sienta a una ciudad arriscada sobre el disparate topográfico y, por tanto, susceptible de las más imaginativas versiones.
A la exposición le quedan pocos días de vida. Apenas un soplo para disfrutar de esta colectiva y genial visión de Cuenca.


miércoles, 2 de noviembre de 2016

MARGARITA DE LA CULTURA


         Hoy es miércoles, vísperas del gran día en que el nuevo (¿nuevo? ¿renovado?) presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, va a hacer pública la lista de quienes a partir del viernes se sentarán en el Consejo de Ministros. No me importa reconocer, a riesgo de que se me tilde de ciudadano no comprometido con las graves cuestiones de su país, de que me importa un comino el contenido de tal lista de prohombres y promujeres (si existen los primeros, ¿por qué todavía ninguna líder feminista ha reivindicado el segundo término?) en la que no espero ninguna sorpresa. Con toda seguridad, repetirán muchos de los mismos y quizá entre alguien de nueva planta para hacer bueno el adagio jesuítico de que la mejor forma de cambiar es no cambiar nada.
         Sólo una cosa me intriga de esta zarabanda de nombres a la que juegan los medios informativos, antiguamente bien informados y en los tiempos que corren tan desconcertados como las encuestas sociológicas que intentan medir los comportamientos humanos. Sólo una cosa, digo, y esa cosa es (intento imitar el estilo de José Isbert en Bienvenido mister Marshall) si en un alarde de progresismo y renovación, el señor Rajoy recupera el ministerio de Cultura. Si tal cosa ocurre, se habría producido un giro radical en las costumbres del presidente y de su partido.
         El ministerio de Cultura es un invento de la democracia. Como es natural, a Franco no se le ocurrió ni remotamente tener tal cosa en sus gabinetes, a pesar de que ya para entonces aparecían algunos en los países llamados progresistas. Pero tan pronto Adolfo Suárez formó su primer gobierno, en 1977, allí apareció Pío Cabanillas como ministro de Cultura, tras haberlo sido de Información y Turismo; el departamento continuó existiendo, de manera continuada, cuando el PSOE sucedió a la UCD, figurando entre sus ocupantes uno muy destacado a efectos locales, Javier Solano, bajo cuya gestión se llevaron a cabo iniciativas tan importantes para Cuenca como el Teatro-Auditorio, la restauración del Edificio Palafox y la del Archivo Histórico provincial.
         Todo iba más o menos sobre ruedas para la Cultura hasta que en 1999 llegó el PP encabezado por José María Aznar y el ministerio fue arrumbado, pasando a ser un apéndice incómodo del de Educación, uno de cuyos titulares fue, pásmense ustedes-vosotros Mariano Rajoy. La situación volvió a enderezarse con el retorno de los socialistas, ahora con José Luis Rodríguez Zapatero como jefe del tinglado gubernamental, que abrió hueco a ministros poco decisorios pero bien vistos en los ambientes culturales, como Carmen Calvo, César Antonio Molina y la última y más polémica, Ángeles González Sinde, cuyo rostro viene a acompañar estas palabras, en una especie de póstumo homenaje al incómodo ministerio que va y viene como las olas del mar.
         De manera que entre 2011 y 2016 no ha habido ministro de Cultura, sino un secundario llamado secretario de Estado, con más buena voluntad (José María Lassalle) que efectividad, sobre todo si por encima de él tiene a un personaje tan funesto como José Ignacio Wert, felizmente evaporado al dolce far niente parisino donde se recupera de sus desaguisados ministeriales.
         La cuestión, ahora, es ésta: ¿volverá a existir un titular de Cultura sentado en igualdad de condiciones entre los tertulianos del consejo de ministros? ¿Llevará Mariano Rajoy su voluntad de cambio hasta el extremo de caer en la cuenta de que existe algo llamado Cultura, merecedora de tener el mismo rango que las carreteras, las enfermedades, los estudios de primaria o la dependencia?

         La solución, mañana. Se admiten apuestas y porras.

viernes, 21 de octubre de 2016

NÁUFRAGOS EN BUSCA DE POESÍA




Vuelve a Cuenca la tabla de salvación que la poesía ofrece a los náufragos que navegan perdidos por este mundo de contradicciones y desconciertos. Los animosos promotores de este invento retoman el navío por quinto año consecutivo, y contando con el paraguas protector de la Real Academia Conquense de Artes y Letras, en cuya sede del barrio de San Antón, en la última planta de las antiguas escuelas, nos citan por los primeros días del otoñal y generalmente tristón noviembre, convencidos de que, envueltos entre palabras poéticas, encontraremos los estímulos necesarios para continuar sobreviviendo en este mar proceloso (tan emocionante) que es la vida.
El día 4, a las cinco y media de la tarde, se abrirán las sesiones con una conferencia de Francisco Mora y, a continuación, en el resto de la jornada, habrá dos lecturas  poéticas. En la primera intervendrán Antonio Santos, Berta Piñón, Antonio Puente, Enrique Trogal y Ana Lamela. En la segunda, Tomás Rivero, Margarita Mayordomo, Francisco Benedicto, Paloma Corrales y Chelo Candel.
Luego, como no solo de versos viven los seres humanos, habrá una cena fría en el Rothus y a su término, en el mismo sitio, los asistentes y curiosos podrán asistir a una creación sonora de Teo Serna (que, por cierto, estos días tiene montada una más que interesante exposición en la Fundación Antonio Pérez).
La mañana del sábado, día 5, comenzará con la presentación de dos libros, Tierra profana, de la portuguesa Carina Valente (editado por Olcades) cuya introducción estará a cargo de Miguel Ángel Curiel y El verano de los cazadores de luces, de Paco Moral, haciendo la presentación Rafael Escobar. Por la tarde, a partir de las cinco, habrá una lectura poética con la presencia y las voces de Javier Gil, Manolo Marcos, Agustín Calvo Galán y Cecilia Quilez para luego hacer un intermedio en el que se proyectará el poema visual La memoria salina, seguida de otra lectura, en este caso de Juana Castro, que será presentada por José Ángel García, para concluir la fiesta con la voz poderosa de Antonio Carvajal que ofrecerá otra lectura de sus poemas, con introducción de Ángel Luis Luján.
Los impulsores de este invento no ocultan de manera alguna su decidida vocación hacia la figura y la obra de Diego Jesús Jiménez, cuyo Itinerario para náufragos  marcó, ya en el tramo final del siglo XX, un sendero luminoso para la poesía española, con la que ganó en 1997 el premio nacional de Literatura por segunda vez, cosa que hasta entonces no había sucedido con ningún escritor y que, justamente, se le concedió en el mes de octubre de aquel año. El concepto no es exclusivo de Cuenca: en las lejanas y melancólicas tierras gallegas, otros seres en busca de amparo han encontrado también refugio en los bálsamos poéticos y así, desde hace un par de años, vienen celebrando también un encuentro al que han titulado Poemas para náufragos y viajeros.



jueves, 20 de octubre de 2016

VIVA LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN



Tantas cosas se están escribiendo estos días que podría ahorrarme estas palabras de más que, seguramente coincidirán con otras más o menos similares, o quizá contradictorias. Pues no dejaré de escribirlas, porque el cuerpo me lo pide y porque no hay nada que me guste más en el mundo que hablar de libertades en general, y de la de expresión en particular. Sobre todo cuando hay algunos personajes, que aspiran a ser nada menos que gobernantes de este país, presidente del gobierno o cuanto menos ministro o jefe del CNI, que salen a la palestra en forma vergonzosa y vergonzante.
Naturalmente que siempre ha habido protestas en la Universidad, faltaría más y el día que no las haya es que ya no queda ni Universidad ni nada. Pero el asunto de lo ocurrido el otro día en la Autónoma tiene algunos perfiles peliagudos, problemáticos y quizá preocupantes. Para empezar, la banda aparece con las caras tapadas cobardemente, en busca del anonimato y la impunidad. Miren ustedes, jovencitos: antiguamente esas cosas las hacíamos a cara descubierta y cada palo aguantaba su vela o zurriagazo. Para continuar, los muy bandidos aluden a la libertad de expresión como motivo esencial para manifestarse violentamente; o sea, que la libertad de expresión consiste en que nadie más pueda ejercer semejante principio. Muy bonito. Y siendo como eran y se ve en las imágenes una exigua minoría, eso sí, violenta y agresiva, consiguen imponer su criterio al resto, a la mayoría, en curiosa aplicación del más turbio de los principios democráticos: los menos se imponen a los más, porque sí.
Luego viene la parte final, la segunda o la tercera, la de los simpatizantes de esta muchachada turbia, anónima y agresiva. Y uno, naturalmente, tiene que preguntarse y me pregunto: qué cuerpo le quedaría a Pablo Iglesias, el mismo que fue durante unas semanas el profeta de un futuro mejor, si a él le organizaran un espectáculo de esa naturaleza otros muchachitos como los que a él le parecen bien. Claro que también me pregunto si el día que el tal Iglesias sea presidente del gobierno acudirá al desfile de la fiesta nacional, vestido de punta en gala o se quedará en su casa jugando al mus.

Todo para llegar a la conclusión final que no es otra que la más ampliamente compartida por tantos ciudadanos estupefactos y desconcertados: qué pena de país, no solo por lo que está pasando, sino porque en el horizonte no se perfile nadie que sea capaz de hacernos una propuesta avanzada, progresista, decente, coherente, digna del país y de todos nosotros. Parecía que el mirlo blanco podría llegar de Podemos y sus líderes, pero ya vemos en qué cosa zarrapastrosa está quedando todo eso.

miércoles, 19 de octubre de 2016

CARLOS SAURA Y SU VISIÓN DE CUENCA



       Hace unos días se ha proyectado públicamente, después de mucho tiempo de permanecer almacenado y casi en el olvido, el documental Cuenca, dirigido por Carlos Saura, en la que fue su primera película. Antes de ella, sólo había realizado un breve cortometraje, como práctica de final de curso en la Escuela de Cine. Esperaba alguna reacción pero, al parecer, sólo el silencio ha venido a suceder a esta notable experiencia, algo muy diferente de lo que ocurrió en su estreno en nuestra ciudad.
            En 1958, Carlos Saura emprende en Cuenca una singular empresa cinematográfica, que habría de tener honda repercusión en la historia del cine español. Cuenca es el primer gran documental, dicho en sentido moderno, realizado en nuestro país, rompiendo los moldes vigentes hasta entonces cuando se consideraba que una película de ese género debería tener un carácter propagandístico de interés turístico, limpio, por ello, de cualquier connotación crítica. Con ese espíritu encargó el trabajo el Ayuntamiento de Cuenca, en acuerdo adoptado el 24 de septiembre de 1956; específicamente se le pedía “un proyecto de guión y presupuesto para la filmación de un documental cinematográfico sobre Cuenca”. El texto del guión estaba ya en manos del Ayuntamiento un par de meses más tarde y fue entregado a una comisión especial para su estudio. Saura, entonces recién titulado en la Escuela Oficial de Cine, asumió la tarea con una óptica muy diferente a la que esperaban quienes se las prometían muy felices con un vehículo publicitario en soporte cine.
            La primera proyección de la película en Cuenca provocó una auténtica tormenta de opiniones, en su mayoría desfavorables. El estreno tuvo lugar en el Cine Club Palafox, el 16 de noviembre de 1958; la proyección fue precedida de una presentación a cargo de Carlos Saura, quien explicó las líneas maestras en que se había basado para la realización, analizando los diversos elementos que había tenido en cuenta para la organización de su trabajo.
Como resumen y reflejo de la impresión adversa producida en un sector del público, el periódico Ofensiva recogía un larguísimo artículo de un prohombre bien conocido en la ciudad, Bonifacio Enrique Benítez, que luego sería concejal de Cultura en el Ayuntamiento quien no oculta ni disimula en forma alguna su pensamiento, apelando, de entrada, al habitual sentido localista y patriótico que suelen inspirar los asuntos que no son del bondadoso agrado de todos porque “como conquense que siente a su tierra en lo más hondo, me considero en la obligación de exponer estos comentarios, sin otra finalidad que la de remediar en lo posible lo que consideramos fallos de la película, aunque solo sea porque a través de este documental va a conocer el resto de España, y posiblemente el extranjero, a una Cuenca que no es la auténtica” y añade: “Sinceramente creemos que no se ha sabido captar en él la esencia de la Cuenca verdad”. O sea, las rocas, los ríos, la belleza, el paisaje, los bailes regionales, el morteruelo, las Casas Colgadas, la Ciudad Encantada. Esa es, a juicio de muchos, la verdad. Y si hablamos de la Semana Santa, “¿Dónde está recogido en el documental el fervor religioso de todo un pueblo, el orden y silencio de nuestros desfiles, su desnuda pero impresionante sencillez?”. Y así, en esa línea, el señor Benítez continúa argumentando la crítica, desde el honor conquense ofendido por la impureza de unas imágenes a lo que se debe añadir “como un fracaso sin paliativos su banda sonora”, y que “el texto es pobre, sin alma ni emoción”, encima mal leído, porque “no hay un solo momento en que la voz monorrítmica y falta de matices de Francisco Rabal nos emocione o nos cautive por lo que describe”.
Cuenca es un documental basado en la realidad, tal cual era en esos momentos y por eso rompió los moldes del género tal como estaba vigente en España, donde el monopolio del sector lo ejercía el No-Do con su triunfal y bondadosa recreación cotidiana de la imagen de un país ficticio, donde no había problemas ni dolores.
Me pregunto, ahora que ha vuelto a ser visionado, cuál es la impresión, el impacto sensorial, las opiniones, del público de hoy, sesenta años después de haber sido realizado. Estoy convencido de que sigue existiendo un sector convencido de que la propaganda turística exige que todo sea limpio, bonito, reluciente, sin mácula. Me gustaría creer que el tiempo ha hecho evolucionar a la sociedad y que las nuevas generaciones se mostrarán más abiertas, dispuestas a enfrentarse con la realidad, tal cual es, sin aditamentos ni photoshops correctores. En cualquier caso, guste verlo o se prefiera el juego del avestruz, la película de Saura es un ejercicio de realismo. Así era Cuenca entonces y eso es lo que en ella se ve.