sábado, 3 de diciembre de 2016

CUENCA VISTA POR SAURA

             

                                                   

           En los últimos años, Carlos Saura viene mostrando una considerable vitalidad creadora y no solo en el que parece su terreno natural, el cine, sino también en la fotografía, su primera dedicación a la que nunca ha renunciado. Una fotografía que tiene mucho que ver con el reporterismo, porque el artista no busca estrictamente imágenes “bellas”, preciosistas, sino las que puede aprehender de la realidad más cercana. Ese trabajo se ha podido ver en las galerías de “La Cárcel. Centro de Creación”, en Segocia, dentro de la sección oficial de PhotoEspaña, mediante la exhibición de 92 fotografías realizadas en los años 50, cuando prácticamente en solitaria, acompañado de un coche y una cámara, se lanzó a recorrer la península para retratar en blanco y negro la realidad de un país que empezaba a salir de la dura posguerra. Para entonces, cuando solo tenía 19 años, ya había ofrecido su primera exposición en la Real Sociedad Fotográfica de España, en Madrid.
            Además, como un sutil complemento de esa exposición, hay también un libro circulando por los anaqueles: España, años 50, se titula y es fácil adivinar que su temática es similar a la de la exposición. Este país, estos campos y ciudades, con una muy notable presencia de imágenes tomadas en Cuenca, que en aquellos años era habitual territorio por el que trotaba el joven Saura con su cámara. Acerca de este libro dice Blanca Cia en El País:
“Pueblos pobres, caminos polvorientos, personas sobre burros cargados de botijos, hombres con pañoleta en la cabeza, mujeres de negro rigurosamente tapadas, niños que piden por la calle, rostros que reflejan desesperación y miseria. Son las imágenes que Saura captó en Sanabria -un pueblo al que no había llegado la luz-, Cuenca, campos y pueblos de Castilla, Andalucía y algunas calles de Madrid. Enfoques y retratos que resultan familiares en lo que después fue su carrera cinematográfica. Así, algunos paisajes recuerdan a películas como La caza (1966) y los rostros de jóvenes retratados tienen un aire de los que salen en Los Golfos (1960). Siempre interesado en España y en los perdedores de la Guerra Civil: “Cosas y paisajes y todo en España ha cambiado mucho, pero no estoy tan seguro de que las personas lo hayan hecho. Somos un país bastante bárbaro, donde nadie quiere admitir que el otro tenga razón”. Eso es lo que dice Carlos Saura. Así nos vio y así nos retrató.


viernes, 2 de diciembre de 2016

TODOS UNIDOS CLAMAN LOS DESUNIDOS




            No es cosa nueva, sino de hace mucho, pero como en los últimos tiempos se han producido varias declaraciones orientadas en el mismo sentido, me parece momento oportuno para anotar aquí algunas palabras. Utilizaré para ello una de esas frases, sin señalar a quien la dijo, porque eso es indiferente: ya digo que hay bastantes similares, de contenido parecido. La frase en cuestión es: “Cuenca tiene grandes posibilidades pero falta definir productos viables en los que todo el mundo trabaje unido”.
            Veamos los tres elementos de esta declaración:
            1, Cuenca tiene grandes posibilidades.
            2, Falta definir productos viables.
            3, Todo el mundo debe trabajar unido.
            Cualquiera de nosotros, fieles lectores amigos o visitantes ocasionales de esta página, seguro que está de acuerdo con cada uno de estos tres segmentos de opinión. La primera es obvia, evidente. La ciudad, su estructura urbano-paisajística-monumental, la epidermis, el interior, lo que subyace y lo que se mueve, viene acumulando interesantes posibilidades, desde hace generaciones, que están ahí, vírgenes, intocadas, runruneando al compás de algunas caricias amistosas.
            ¿Y qué decir del segundo componente de la trilogía? Esa es la madre del cordero, como sabemos bien quienes, en alguna etapa de nuestras vidas, hemos estado en algún puesto de responsabilidad, intentando convencer (aún lo he hecho una vez más, no hace ni quince días) de que la ciudad no hace más que desperdiciar ocasiones por un suicida afán de desparramar ideas a diestro y siniestro, repartiendo migajas inversoras que no producen ningún beneficio, en vez de aplicar los esfuerzos a definir unos cuantos proyectos que deberían merecer todo el esfuerzo posible.
            Y claro que todo el mundo debe trabajar unido, algo imposible hasta ahora en esta ciudad, plagada de reinos de taifas culturales, grupitos o grupúsculos que se alimentan de ellos mismos, nada más. Quien pertenece a uno de esos grupos va a sus actividades pero no a las de los demás, para no quedar contaminados. Cada bando se retroalimenta de sus propios placeres, ignorando si hay otros en lugares distintos. Y eso es, también, lo que vienen haciendo quienes apelan a la unidad. Unidad, sí, todos unidos, pero bajo mi férula, que es la más valiosa y la que importa. ¿Los demás? Que se sumen. Así estaremos todos unidos.



jueves, 1 de diciembre de 2016

TURISMO, CINE Y CUENCA


            Corre por ahí una curiosa iniciativa, encaminada a celebrar en Cuenca, en el mes de febrero de 2017, un congreso destinado a fomentar el turismo de cine en la provincia conquense. Según las primeras (y confusas) noticias que se han ido filtrando por los gabinetes de prensa oficiales, detrás se encuentra, como impulsor o promotor, un británico residente en España (en Valencia, concretamente), Bob Yareham que, por ahora, bien él o alguno de sus colaboradores, van peregrinando por los despachos administrativos buscando apoyo y financiación. La Junta de Comunidades ya ha dicho que el proyecto le interesa, porque coincide con sus propios planes encaminados a fomentar el turismo cinematográfico en la región, con la intención de atraer a productores que estén dispuestos a invertir en localizaciones situadas en espacios geográficos o monumentales de la provincia. Y justamente ahí, al conocer esas declaraciones, es cuando uno empieza a quedar ligeramente desconcertado por no saber interpretar bien esos dos conceptos, cine y turismo, que aquí aparecen entrelazados como si fueran una misma cosa.
            Porque una cosa es un rodaje cinematográfico, sobre lo que no parece necesario insistir o dar explicaciones, ya que es algo al alcance del entendimiento de la mayoría. Desde ese punto de vista se trata, imagino, de facilitar que hasta aquí vengan equipos técnicos y artísticos, a partir de un guión ya escrito, con un director que encabezaría la troupe y un montón de gente dispuesta a rodar minutos y minutos, suficiente para luego sacar una película en la que, sigo especulando, el paisaje y los pueblos de Cuenca ocuparían un lugar destacado.
            Pero el turismo es otra cosa. Los turistas no viajan para hacer películas sino, en todo caso, para verlas, en festivales, semanas, ciclos o lo que quiera que los organizadores se inventen. Incluso hay actividades consistentes en hacer turismo por una ciudad o provincia, visitando lugares en que se rodaron escenas de películas.
            Convendría saber a qué se refieren los que hablan de estas cosas. Quizá lo sepa el promotor que va por ahí vendiendo la idea, el ya citado Bob Yareham (que es el señor de la foto), autor de un libro que parece importante, Movies made in Spain, en el que recoge un total de 720 películas de habla inglesa rodadas en territorio español y que relaciona no solo los lugares filmados, sino también dónde se alojaron o comieron los actores, qué monumentos aparecen en las películas y otros detalles similares.

            En cualquier caso, una idea más. El tiempo nos dirá si crece o se esfuma como tantas otras.


miércoles, 30 de noviembre de 2016

LA MEMORIA GRÁFICA: ASÍ ÉRAMOS


            Desde hace unos días y hasta el final de la semana próxima, pasados los avatares del puente kilométrico que nos espera, puede verse en el Centro Cultural Aguirre una de esas exposiciones singulares que la fortuna nos depara de vez en cuando. Porque bien está, naturalmente, conocer las muestras artísticas con las que los creadores de imágenes pictóricas comparecen de forma periódica para dar a conocer el fruto de sus últimos trabajos, por dónde van los avatares de ese camino tan complejo y no siempre satisfactorio, de fácil acogida popular. Pero también importan estas otras, como la que hoy traigo a esta columna de comentarista, que nos pone ante los ojos un fragmento de nuestra propia vida colectiva.
            Se ha comentado hasta la saciedad, estas últimas semanas, que se cumplen 60 años del estreno de Calle Mayor, la gran película que filmó y firmó Juan Antonio Bardem (o, como a él le gustaba escribir, J.A. Bardem) reconstruyendo, recreando, una vieja ciudad castellana, de la España interior, mediante un habilidoso montaje de escenas de Cuenca, Palencia y Logroño. Importantísima es la aportación visual de las calles y el paisaje de Cuenca en esa elaboración artificial de una ciudad innominada estructurada en torno a una idealizada Calle Mayor, eje existencial y comercial de la vida humana en esa ciudad.
            Lo que sucedió en Cuenca, hace sesenta años, aparece ahora recogido en esta exposición, verdaderamente notable y llamativa en su sencillez. Tenemos a la vista una colección de fotografías en blanco y negro, referidas todas al rodaje de la película, con algunas de ellas extraídas del propio film. Ahí está el casco antiguo, la plaza y fuente de Santo Domingo, la hoz del Huécar, la estación del ferrocarril (la antigua estación, bárbara e innecesariamente suprimida), la plaza del obispo Valero, pero está, sobre todo, el espíritu de la ciudad, el carácter de la ciudad, las gentes que entonces poblaban este caserío pequeño, entrañable, duro, austero, egoísta, cerrado sobre sí mismo. Vemos esas fotografías y nos encontramos ante el espejo que nos devuelve la imagen de lo que fuimos en esa hondonada de la historia más reciente que algunos quisieran olvidar o ignorar y que otros contemplan con mirada divertida, incrédulos, pensando que aquello no existió. Pues sí, fue y ahí está. Toda una lección, magnífica, emotiva, entrañable, quizá dolorosa. La imagen de Cuenca renace para que todos podamos volver a vivir aquel tiempo del que ya apenas si quedan supervivientes pero que gracias a la magia de la fotografía se recupera como si fuera ahora mismo.
            Quedan pocos días para vivir esta maravillosa experiencia. Merece la pena.


lunes, 28 de noviembre de 2016

ASÍ NOS VEN DESDE FUERA


            Es magnífico, maravilloso, que venga gente a Cuenca, gente de fuera, observadores de lo que aquí pasa sin tener ningún compromiso con los intereses cotidianos que pululan por la ciudad. Por eso, tales personas pueden obras y expresarse con total liberad, sin las cortapisas que imponen el qué dirán, siempre vigente entre nosotros, coartando la difusión libre de nuestros pensamientos.
            Es reconfortante leer una de esas opiniones, donde tantos callan y otorgan. Nuria Vidal, periodista veterana, experta sobre todo en crítica cinematográfica, ha estado varios días en Cuenca, asistiendo a la Semana de Cine. A su regreso, no solo ha incorporado comentarios cinéfilos sino que ha añadido, en su blog personal, una nota muy esclarecedora, muy estimulante. Dice Nuria:
            “La primera vez que estuve en Cuenca tenía 18 años. Entonces el Museo de Arte Abstracto me impresionó casi tanto como las Casas Colgadas. Ahora, me ha decepcionado un poco. Creo que este tipo de pintura, importante por su valor documental e histórico, ha envejecido mal. Lo que no ha envejecido mal es la catedral de Cuenca. Una reciente limpieza de sus muros permite descubrir una arquitectura potente y de gran belleza. La catedral estaba tomada estos días por una exposición que reunía en un mismo saco la obra del artista chino Ai Wei Wei, Cervantes y los informalistas. Es una exposición un poco caótica con algunas piezas buenas, las que vienen del museo de arte abstracto y una instalación del artista chino francamente mala. La verdad es que no entiendo el entusiasmo que despierta Ai Wei Wei, un hombre que sabe venderse muy bien como víctima de la represión en la China actual, pero que en realidad, al menos por lo que yo conozco de él, no tiene gran cosa que ofrecer al margen de su ego inmenso. Y lo del ego lo digo porque la instalación de esta exposición consiste en una serie de “belenes” de su cautiverio que producen un cierto sonrojo”. 
            Sonrojo, añado yo, que no parecen en sentir en manera alguna todos los que han participado en el montaje de esta superchería.


CINCO INTENSOS DÍAS DE CINE


            Cinco días de cine continuado, con múltiples ofertas variadas, a razón de tres por día, lo que hace un total de 15 películas, han formado el programa de la Semana de Cine de Cuenca, recuperada doce años después de que se hiciera la última edición, para celebrar ahora la 19ª. Naturalmente, no está bien que yo ponga aquí elogios y adjetivos, porque soy parte muy directamente interesada, aunque como la empresa de pensarla, organizarla y llevarla adelante ha sido el resultado de un empeño colectivo podría perfectamente envolverme en ese grupo para disimular mi participación. Pero no hay que hacer trampas de ningún tipo: yo estaba ahí, con los demás, para sacar adelante la Semana de Cine de Cuenca.
            El repertorio de problemas ha sido variado, como lo suele ser siempre en estas tareas, sobre todo si el sitio en que se quieren desarrollar es tan complicado como este lugar llamado Cuenca, donde a los obstáculos habituales en todas partes suelen unirse los propios de la idiosincracia propia del sitio. Y no hablo solo de las dificultades económicas, en las que siempre se piensa a la primera y que, naturalmente, existen, sino a otras que pasan por aspectos tan variados como los comportamientos de algunos medios informativos o el alejamiento del sector universitario, que parece no existir para la vida cultural de la ciudad. O ésta no existe para aquel, que viene a ser lo mismo aunque se plantee a la inversa. Y otras cuestiones que no son para comentar en esta tribuna.
            Plantear la Semana de Cine fue un tema que desde el Cine Club Chaplin nos planteamos como una especie de enorme pregunta, un a ver qué pasa, sin tener ninguna seguridad de cual podría ser la respuesta. En estos doce años el mundo ha cambiado, Cuenca también y, desde luego, el cine de ahora ya no es el que era en ese tiempo pasado. Se podían imaginar algunos movimientos, determinadas reacciones, pero como en los experimentos químicos, al fin hay que hacer la prueba experimental de cuyo resultado dependen las respuestas que buscábamos cuando iniciamos el proceso. A pesar de las dudas que pudieran existir, hemos podido comprobar que sigue existiendo un interés suficiente por ver cine en salas y que hay una moderada atracción hacia el cine español, que era nuestro objetivo. Todo podría haber sido mejor y más intenso, pero eso forma parte del estudio final que ahora debemos realizar para analizar lo sucedido.
            En la memoria de quienes hemos asistido, a todo o a gran parte de lo programado, quedan momentos felices, algunos emocionantes, inenarrables, gracias a varias películas excelentes, bellísimas, verdaderamente importantes, tanto en largometrajes de ficción como en documentales y cortometrajes. Y nos quedará para siempre el contacto directo con las personas que hacen esas películas, directores, actores, actrices, guionistas. Aquí no tenemos alfombra roja por donde desfilar el glamour de las estrellas, pero sí hemos tenido un ambiente cordial, amable, con intensas vivencias en torno al cine. Y eso, la verdad, ha estado muy bien.


viernes, 25 de noviembre de 2016

OTRA PÉRDIDA PATRIMONIAL



            El Ayuntamiento de Cuenca, en plan severo, amenaza a los propietarios del edificio situado en Carretería esquina a Sánchez Vera, recordado popularmente porque en su planta baja estuvo la joyería y relojería Monjas, con actuar derribando el inmueble si ellos no toman la decisión de actuar de una vez para repararlo, a la vista del progresivo estado de ruina que amenaza con provocar un desastre cualquier día de estos.
            En eso lleva razón el ente municipal, porque no es razonable que en el punto más céntrico de la ciudad se esté larvando una evidente amenaza, mientras a sus pies los ciudadanos pasean tranquilamente como si no pasara nada. Y como si en este país no estuvieran ocurriendo las cosas que todos conocemos, porque cuando menos de lo piensa uno te viene encima una cornisa, un árbol o una casa entera.
            Siendo todo eso cierto, quizá es más preocupante que el señor Ayuntamiento no haya algo que una voz tímida ha insinuado: aportar, antes, hace tiempo, algún remedio efectivo para conservar ese edificio porque, como sabemos todos, Cuenca, y especialmente Carretería, han ido perdido de manera progresiva toda la arquitectura levantada en el tramo final del siglo XIX y principios del XX, hasta el punto de quedar en pie escasísimos ejemplos. Uno de ellos, precisamente, este, que fue un inmueble vistoso, con méritos suficientes para seguir existiendo, con capacidad representativa y visual de aquella ciudad que se ha ido perdiendo en aras de la especulación y la modernidad avasalladora.
            No se si aún es tiempo y quizá lo será si en vez de alguna tímida voz (como ésta que suscribe) hubiera otras muchas y más representativas que se alzaran con poderío para lamentar esta nueva pérdida que amenaza a nuestro patrimonio más sensible.